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Posts Tagged ‘Sobre escribir’

Lejos de Veracruz

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Ignoro si existe algo más que no sean la vida o la literatura. La vida no interesa. No sé quién dijo que es para los criados. Y la literatura no es más que un consuelo –interesante sí, pero a fin de cuentas un consuelo- para quienes se sienten desligados de la vida y razonablemente desesperados.

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(…) pasar cada vez más tiempo en el mundo de mi pasado, escribiéndolo, y pasar el menor tiempo posible en el presente, inmerso en una cotidianidad que, de vivirla a fondo, no habría de traer más que nuevas desgracias y horrores.

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He podido saber que la mayoría de escritores lo son porque no les queda otro remedio, es decir, porque no están a su alcance mejores cosas que hacer.

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Yo vi muy claro, desde el primer momento, que como no podía tener a Rosita entre mis brazos ni me quedaban ganas ni dinero para seguir viajando, no se abría ante mí un panorama mejor, aparte del suicidio, que pasarme al mundo de mi hermano, que, como hoy sé muy bien, es un mundo raro, un enjambre de solitarios y misóginos, una jauría de seres incapaces de compartir un desayuno. Yo, la verdad, soy uno de ellos desde que escribo este dietario. Y, como ellos, dejo la vida para los que ignoran lo que se juegan en ella y llevo la vida de un muerto. Porque no se me escapa que o bien se vive a fondo la vida a costa de ser un Indiana Jones y un paleto, o bien se escribe y se le da un significado a la existencia, pero entonces no puede vivirse. Dicho de otro modo: si estás en la vida eres insignificante; si quieres significar, estás muerto.

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El humano tiene dos ideales. Uno es la divinidad, el otro es la juventud. Quiere el humano ser perfecto, inmortal, todopoderoso; quiere ser Dios. Y quiere verse lozano y sonrosado, y permanecer siempre en la fase ascendente de la vida; quiere ser joven. Pero tú, desgraciado entre los desgraciados, has matado a Dios y a tu juventud.

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Yo sabía que debía ir directamente a lo mío. Sabía que o bien me hacía la ilusión de haber encontrado en los libros una razón para sobrevivir o bien me suicidaba.

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Lejos de Veracruz

Enrique Vila-Matas

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Esta anécdota ya la he contado varias veces:

Yo iba a un peluquero parlanchín que al enterarse que escribía (agh) le dio por interesarse por mi “obra”. Es difícil hablar de lo que escribo, hasta el punto que creo que al hacerlo, lo desmerezco. El caso es que, con las tijeras tras mis orejas, ese buen hombre me expuso su teoría acerca de las historias. (Relatos, novelas, películas,… en el fondo son todo historias).

Una buena historia, debe tener una introducción, un nudo y un desenlace”.

Este esquema clásico, me pareció cruel. Un molde para el que la mayoría de mis “cosas”, era extraño. Si aquello era lo bueno, lo mío era ¿malo? Decidí cambiar de peluquero.

El teatro suele tener este esquema. Shakespeare (escoged la que queráis) tiene este esquema. Y luego está Strindberg. Eso no tiene final… no hay final al caer el telón. Cae porque tiene que caer, pero la cosa, la historia, podría seguir (y sigue, aunque no la veamos). Todo el mundo conoce Shakespeare, aunque no lo hayan leído nunca. Hasta hace dos meses no tenía ni idea de quien demonios era Strindberg. Quizás no significa nada… o quizás sí.

Hace poco colgué por ahí un texto que me parece ingenioso y bueno. Era de uno de mis temas recurrentes: el asesino cotidiano. Un ser humano de lo más normal y corriente, que comete atroces actos. El texto arrancaba con el abuso del cuerpo de una chica (a la que acababa de matar), y enseguida saltaba a su vida conyugal, una vida de pareja compenetrada y feliz. Incluso me permití un chiste macabro.

Es bien cierto que cada lector lee su propio libro, su propia historia. Y que muchas veces no tiene mucho que ver con lo que el autor escribe (y ya no digamos con lo que el autor tiene en la cabeza).

Las reacciones a mi texto fueron de lo más dispares. Algunas realmente asombrosas. Alguien me comentó incluso que le parecía original la charla con el bebé. ¿Qué bebé? Ò_Ó

Ni por temas, ni por estructura narrativa, lo que escribo será nunca demasiado popular. Melusina decía que yo siempre buscaba temas escabrosos y truculentos, y que eso apartaba a “la masa” de lectores. Y Darthpitufina sigue manteniendo que para mucha gente “la muerte” es un tema tabú, incluso en relatos de poca monta. Un editor soltó en una entrevista: “El recuerda que vas a morir, no vende”. Pues estamos apañados.

Estas dificultades (aparte de las neuras propias), me llevan a menudo a la sensación de incomprensión. Y más aún, en si debería esforzarme en intentar hacer entender mis cosas. Es decir: explicarlas. Si mis textos son juegos de magia, explicarme sobre ellos equivaldría a enseñar el truco. Pero si el único fin de escribir es salirse de uno mismo y encontrar comprensión, ¿qué futuro espera, si el mensaje recibido por el lector es erróneo?

Como siempre, en caso de dudas, acudo a mis Maestros.

Kubrick jamás daba ruedas de prensa para hablar de sus películas: “Lo que tengo que decir sobre la película, está en la película.” Algo semejante decía Sir Alfred, cuando un actor le preguntaba acerca de su personaje: “Lo que tiene que saber está en el guión”. ¿Y la motivación?, preguntaba el actor, a lo que el ingenioso Hitchcock le respondía: “la motivación debe buscarla en su sueldo”.

Quizás fuera Goethe que decía: “Hablar sobre escribir, es no escribir. La gente que escribe no tiene tiempo para hablar de lo que va a escribir o de lo que ha escrito, está escribiendo.”

Touché

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Los textos que escribo, los libros que leo, las películas que veo, la gente con la que me cruzo. Todo es vacío para mí.

A mi no me gusta conocer gente. No me gusta la gente. Soy antisocial. Creo que preferiría ser conocido. Mejor dicho, que mi obra fuera conocida. Porque no soy otra cosa que mi obra. Es lo que hay, soy lo que escribo. Y nada más.

Intenta darme una prueba de lo contrario, si puedes.

Yo estoy solo. No porque quiera, pues quisiera todo lo contrario -uno siempre desea lo que no puede tener-. Yo estoy solo porque me alejo de la gente. El 99,99% de las personas con las que he topado me incomodan; siento que me hacen perder el tiempo y no me aportan nada. Me distraen durante un rato, pero enseguida me hastío. Para estar a disgusto, no estoy.

Y no estoy nunca, ¿verdad?

Tampoco tengo amistades. Y si resulta que tengo, no quiero traicionarlas afirmando que lo son.

No suelo dar portazos, si te apetece acercarte, me encontrarás con los brazos abiertos; también lo estarán cuando decidas irte. No intentaré seguir a ningún conejo con chistera. La gente va y viene, mientras la vida se agota. Y la mía se agota más deprisa que la de los demás porque no hago nada con ella.

Dijo Marguerite Duras: “Mi vida empezó demasiado pronto a ser demasiado tarde”.

Ya está dicho, pues.

No existo sino escribo, y escribo por necesidad. Igual que respiro. Intentar no hacerlo supone grandes esfuerzos y dolorosas consecuencias.

Quiero que me lean.

No que finjan leerme para intentar conocerme. Creen que hay un misterio donde no lo hay, buscan cruzar mis textos para llegar a mí. Pero cuando cruzas mis textos, al otro lado, no hay nada. No hay un mago detrás de las cortinas, sólo hay la cortina roja sangre en una habitación de atmósfera asfixiante. Y un enano que habla al revés.

Las palabras solo son combinaciones de letras. En una cucharada de sopa de letras leo amor, y leo asco, y leo kxjw, que como tantas otras combinaciones de letras, no significan nada.

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El bache

Cuando dejas la rutina de escribir, y luego vuelves. Es como si te hubieras vuelto subnormal. Ya no sabes. Ya no hay manera. Todo son relojes, tiempo malgastado. Quieres, quieres, quieres, pero nada.
Siempre hay quien te dice “son fases”, “ya pasará”, o “escribir tampoco lo es todo”.
Evito a la gente para evitar expresiones huecas como estas.

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Aunque escribo para mí, pues soy el único que sé que me lee, el único que me analiza y me valora, el único que siempre me propone mejoras, sin esperar nada a cambio, aunque escriba para mí, decía, hay un océano de necesidad ajena que me palpita.

Si no recibo comentarios, ni reacciones, de la gente que me importa o de los desconocidos, me quejo.

Si el comentario es “escribes muy bien”, me quejo.

Si alguien toma tiempo y molestia en reflexionar sobre algo mío, me agrada un instante, y luego, fugaz, pienso: “bueno, pero he escrito más cosas”. Y deseo fervientemente que también explore esos textos.

Creo que hay en mí una necesidad de reconocimiento de mis “obras”, de mis “porquerías”. Para que luego pueda usarlo como bandera contra mi pasado, y contra ellos y decir, con sorna: ¿veis? ¿Veis como tenía razón?

Y haber logrado así, con ese reconocimiento, cierta meta final a una existencia pueril y dolorosa. Encontrar, al final, una razón luminosa para tragarme toda esta oscuridad.

Creo que mi única “obra”, la única que haré en la vida, es “toda la obra”. No es que escriba una y otra vez lo mismo, sobre lo mismo (que lo hago); es que todo son pequeñas piezas de una única cosa. Obviamente yo, ¿no?

Entonces, quizás, no tenga nada que ver con la “escritura”, sino conmigo.

No escribo para “escribir”, sino para exponer lo que soy, con la esperanza ciega, de encontrar a alguien que lo entienda, que lo comprenda, y dejar de estar solo.

Lo que escribo no es fácil, dicen.

No escribo para entretener a nadie, no te cuento una historia. No sé nada de personajes, ni escenarios, ni diálogos, ni técnicas narrativas. No se nada de “escribir”, en realidad.

Escribo por necesidad.

La mayoría de veces, escribir es mi forma de hacer daño. De escupir veneno. No son tintes mesiánicos revolucionarios, no es “despertar al borrego”, sino que todo es mucho más sucio y egoísta, arrastrar al lector a mi pozo.

Es decir, dejar de estar solo (otra vez).

Debe ser esto, pues.

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Me siento perfectamente identificado con estas expresiones típicas de la vocación de artista que desgrana Thomas Mann:

Dificultades, pereza, la lastimosa indefinición de los comienzos, el no encajar en ningún esquema, el “pero bueno, qué es lo que quieres”, el semiindolente vegetar de un profundo bohemismo social y mental, el rechazar -con un sentimiento de soberbia, de creerse mejor- cualquier ocupación razonable y honesta (…)

¿Por razón de qué?

Por razón de una indefinida sensación de estar predestinado para algo innombrable, para algo que si se nombrase -de tener nombre- la gente se echaría a reír. Unido todo ello a la mala conciencia, al sentimiento de culpabilidad, a la ira contra el mundo, al instinto revolucionario, a la inconsciente acumulación de explosivos deseos compensatorios, a la tensa conciencia de tener que justificarse, que mostrar…

Lo inquietante es que Thomas Mann se refería con estas palabras a Hitler.

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Ghost in the shell

En mi rincón, allí donde pasan las horas llenas de agonía, hay una ilustración de la película Ghost in the shell. Está pegada a la pared con celo, porque al no estar, la pared, enyesada no se puede clavar chinchetas. Bien, cuando no escribo, cuando tengo dudas sobre escribir, cuando me dejo y me abandono, ese póster se despega. Se despega y se cae.

Cuatro o cinco veces pueden ser meras coincidencias. (O quizás yo dudo siempre). Pero ya van tantas veces, en tantas ocasiones se ha producido a la vez nuestro “derrumbamiento” que no puedo sino, declarar que hay alguna relación causa-efecto.

Y si no la hay, da igual, porque yo creo que sí la hay. Y en eso consiste la fe.

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