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Posts Tagged ‘películas’

¡Qué decepción!

¿Cómo es posible que uno de los maestros del cine B, recreando el mito del monstruo subterráneo, nos componga un personaje así?

En la novela de Gaston Lerroux, Erik, el fantasma, es un ser cuyo rostro es tan atroz que su propia madre abandona, que debe vivir detrás de una máscara, ¡es el rostro del espanto!

Darío Argento le otorga el papel a Julian Sand, y le pone una peluca de una larga melena rubia. El resultado es una especie de precursor de Lucius Malfoy (link) o de músico de heavy metal escandinavo.

Julian Sand Phantom of the Ópera

¿Dónde queda el rostro desfigurado, símbolo inequívoco del fantasma? Lon Chaney, en la versión muda de 1925, con su tortura de alambres que le estiraban los labios y la nariz, mostraba, aún hoy, un rostro francamente desagradable a la vista.

Lon Chaney Phantom of the Ópera

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Aparte de cuatro nombres de personajes, que la acción transcurre en un teatro (y sus sótanos) y que aparecen: un espejo, una charca subterránea, una araña que se desprende, y varios hombres ataviados con capas, del Fantasma de la Ópera de Lerroux no queda nada. De “fantasma” tampoco, pues no hay ni un solo incidente en los 95 minutos que tenga nada de paranormal. Enseguida vemos que es un hombre, alto, rubio y guapo (¿perdón?) quien asesina, amputa, mutila y muerde cual vampiro.

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Un título más acertado seria: “El tipo de las ratas”. Porque de esto trata la película.

Un niño es lanzado al río en una cesta y es salvado por unas ratas que lo crían hasta la edad adulta (¿cómo dices?). De adulto, viviendo en los sótanos del Teatro de la Ópera, se enamora de una cantante suplente, y hace todo lo que está en sus siniestras manos para allanarle el camino del éxito. Tras llevarla a sus dominios y enseñarle su órgano (literal y metafórico) la obliga a vivir con él, es esa atadura, ese compromiso lo que hace que la chica huya y recorra a un pretendiente para que la salve. Pero, ¿de verdad quiere ser salvada del “monstruo”?

Otro título ingenioso para la película podría ser:

El “fantasma” de Darío Argento. Así, con fantasma entre comillas. 😀

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Darío Argento otorga el rol de la joven cantante ingenua, Christine Daaé, a su hija. Asia Argento de ingenua tiene poco, y de cantante de ópera menos. Resulta casi cómica verla fingir el canto, ahogándose en el Fausto. Asia, siempre tan solícita con su padre, nos enseña su trasero y sus pechos.

Es de esperar, como en toda película de “terror B”, una buena dosis de tetas, gritos desgarrados, chorros de sangre, decapitaciones accidentales, y otras mutilaciones sin sentido alguno. Aparte de gran cantidad de animalillos sueltos: aquí son ratas.

Esperaba, lo reconozco, un fantasma de rostro realmente deformado. Un auténtico espanto a la vista. Hubiera sido mejor, más terrorífico al menos, que el propio Darío Argento prestase su cara al fantasma, al ser, como es, un tipo cuya mayor virtud no es un rostro demasiado agraciado (nada que ver con la nínfula de su hija).

Asia Argento & Dario Argento

Añadir, finalmente, que el ecléctico compositor Ennio Morriconne compone y dirige la banda sonora.

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God’s Little Acre

(Anthony Mann; 1958 )

El día que se casó, el granjero de Georgia, Ty Ty Walden (Robert Ryan) marco con una cruz “el acre de Dios” (una porción de tierra cuyos cosechas serian para Dios, para la Iglesia).

Ty ha abandonado las cosechas… desde hace quince años, con ayuda de dos de sus hijos, cava en sus tierras en busca del oro que enterró el abuelo.

Un amigo le comenta que la mejor forma de encontrar oro enterrado es usar las facultades especiales de un albino. Ty y sus hijos secuestran uno. Sin saber cómo, el albino parece encontrar el filón, y se dirige a toda prisa hacia “el acre de Dios”

Seria mala suerte que tras quince años de búsqueda, Ty tuviera que entregar el oro a Dios, así que, antes que el albino se detenga, el granjero arranca la cruz que señala la porción para la Iglesia, y la clava en el río.

God\'s little acre title

Éste es el arranque de una irregular película que contiene mucha más calidad y talento que lo que la primera media hora parece mostrarnos.

Esa familia rústica, de primitivos instintos, con su concepción religiosa elemental, llega a resultar cargante y hasta molesta. El personaje de Pluto, un gordinflón que persigue patéticamente a la pequeña de las hijas del granjero (“Dulce Jill”) es quizás el punto más bajo de una película que cuando no parece dar más de sí, empieza a dejar entrever unas palpitaciones de gran talento.

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Una pareja se ama con pasión pero están casados (no entre sí), y enlazados en la misma familia, lo que les obliga a rechazarse, a frenar sus instintos, pero por más que quieran alejarse, algo más fuerte les mantiene unidos. Sus respectivas parejas, que se toman con resignación o rabia este amor, notan que se les escapan de las manos y todo son reproches, celos, y amenazas.

La fábrica del pueblo cierra y el desempleo lanza al alcoholismo a los trabajadores. Uno de ellos tiene el sueño de entrar a hurtadillas en la fábrica y encender de nuevo las máquinas (como si esta pequeña victoria les devolviese automáticamente el trabajo).

El arruinado granjero Ty, debe humillarse ante el mayor de sus hijos, que abandonó el campo y se casó con una mujer rica, para pedirle dinero. Y luego ver como sus otros hijos dilapidan ese dinero en alcohol y fiestas.

God\'s Little Acre

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Detalles:

El actor que interpreta al albino, es Michael Landon (el ángel de Autopista hacia el cielo).

Cuando el granjero Ty visita la casa de su hijo en la ciudad, se queda fascinado por algo que cuelga en la pared, un cuadro. Tras quitarse el sombrero de paja con respeto, exclama: – Mirad, es como una ventana.

La escena del baño, en la que la “Dulce Jill”, desnuda en su bañera, obliga al patético enamorado Pluto a acercarse con los ojos cerrados para bombearle agua, llevó al director a los Tribunales acusado de obscenidad. Es la escena álgida de una película con una latente pulsión sexual.

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“Venga Bart date prisa, nos vamos al cine, tu madre nos lleva ver una película del sueco ese de los siete sellos” Homer Simpson.

Esta cita pertenece al segundo episodio de la primera temporada de Los Simpsons (Bart, el genio). Debió de ser ésta la primera vez que tuve conocimiento de Ingmar Bergman. Claro esta que en su día no entendí el chiste.

Supe de él por otros. Lejano, difuso, hermético, Bergman era un GRAN director sueco, cuyas películas nunca se emitían por televisión. Lo primero que pensé, fue que debía tener algún parentesco genial con Ingrid Bergman (sueca, actriz); resultó que no. Woody Allen parecía admirarle mucho, y los humeantes tertulianos de José Luis Garci en Qué grande es el cine hacia mención a él a menudo. Parecía una figura intocable, perfecta y casi irreal.

No vi una película de Bergman hasta el verano del 2005, durante un breve ciclo que hizo La2 de TVE. La primera fue El séptimo sello.

No me gustó.

Tampoco la entendí (creo que casi nunca he entendido una obra escrita o filmada, y mucho menos pintada o compuesta).

En El séptimo sello, descubrí escenas que “otros” a posteriori habían copiado. Me impactó ver a Max von Sydow, a quien conocía de mediocres películas americanas, asumiendo el reto de un protagonismo tan aislado. Su confesión, en la película, con la Muerte, me resultó inquietante, más que la partida de ajedrez. Tuve la impresión que nadie más mostraba gente angustiada por aquellos temas, y de un modo serio y frío. Eso me hizo pensar en unas palabras de Isabel Coixet, que dijo algo cómo “de joven iba al cine a ver Bergman, y salía con ganas de suicidarme”.

La ambientación de la historia, ayudó a formar en mí la estampa de algo antiquísimo. Tanto, que cuando después me enteré que Ingmar Bergman aún estaba vivo, le atribuí unos mil años.

Fresas salvajes, me encantó. Ahí ya hubiese firmado “Bergman qué gran talento”. Le siguieron El rostro y Como en un espejo, entonces ya las contemplaba con interés, consciente que me perdía la mitad de lo que pretendían mostrar, pero siempre fascinado por alguna cosa. Había diálogos de una crueldad tan sincera que tan sólo podían ser sinceros pensamientos. Cosas que uno piensa –secretamente-, pero que no osa decir. Aquellos personajes, a veces perdidos y descorazonados, emitían palabras de una contundencia tan impactante, que si se hubieran disparado no se hubiera hecho más daño.

Por aquél entonces ya había visto dos de las obras de Allen más cercanas a Bergman: Setiembre y Interiores me parecía que “el alumno” había llegado a limar, y a hacer más digerible, algunas de las mismas ansias y angustias del maestro.

Hasta que el 6 de agosto de ese 2005, topé con Secretos de un matrimonio.

Esa… esa cosa, estaba por encima de la ridícula etiqueta de “película”, por encima de la definición de “obra maestra”. Aquello iba mucho más allá de cualquier cosa que este humilde idiota hubiera podido ver e imaginar jamás. La vida, la vida de una pareja de seres humanos, con todas sus contradicciones, auges y caídas, están ahí, expuestas.

¿Cómo un tipo puede sentarse y escribir algo así?

¿Y cómo puede, luego, manipular un equipo de gente, actores y técnicos, para representar aquello?

¿Cómo?

Al acabar de verla, tuve la sensación que ya podía morirme. Que nada podría superar aquello (a día de hoy, aún no he visto nada que lo supere).

Ingmar Bergman acababa de destrozar cualquier ranking de películas, directores y análisis del ser humano que hubiese podido hacer. Se había salido. Era otra cosa.

Bergman era Dios.

Ingmar Bergman

Acabo de terminar la lectura de sus memorias, escritas en 1986, LINTERNA MAGICA, un irregular libro, en cuyas páginas leeremos mucho de lo que ya hemos visto en sus películas (él mismo, remite peleas matrimoniales a escenas de sus películas). Un libro en el que he descubierto que, al igual que el Homer “inventor” estaba fascinado por Edison, y Edison por Davinci, Bergman lo estuvo, desde sus lecturas adolescentes hasta el final por el dramaturgo Strindberg. Un libro de memorias de un tipo egocéntrico, tiránico con “sus familias”, y aquejado de eternas dolencias psicosomáticas –retortijones intestinales y vomitonas a destiempo-. Un libro que me ha humanizado, hasta extremos vulgares a esa figura, casi divinizada, que usó, y rehusó, su vida para su arte. Un libro que no es el libro de un cineasta, sino el libro de un ser que amó profundamente… ¡el teatro!

A Bergman la cultura, la lectura, se le nota en su trabajo, enumera sus lecturas adolescentes: Dostoievski, Tolstoi, Balzac, Defoe, Swiff, Flaubert, Nietzche y siempre Strinberg. Y añade, reconociendo que “a menudo no entendía nada”.

Un par de pasajes del libro:

si por un momento levantase la máscara y dijese lo que realmente pienso, mis compañeros de trabajo se volverían contra mí, me harían pedazos y me tirarían por la ventana […] A pesar de la máscara no estoy disfrazado. Es un filtro. No debe dejar pasar nada de la esfera privada que no venga a cuento.

“Me lanzo contra los demonios con un método que me ha funcionado en crisis anteriores: divido el día y la noche en unidades de tiempo determinadas y lleno cada una de ellas con una actividad o un momento de descanso establecido de antemano. Sólo cumpliendo implacablemente mi programa, día y noche, puedo defender mi cerebro de unos dolores tan violentos que llegan a ser interesantes. En pocas palabras, recobro la costumbre de planificar minuciosamente mi vida y ponerla en escena.”

Y unas citas que describen un carácter:

“Mostrar las calamidades privadas en el trabajo es una falta profesional grave.”

“La posibilidad de abandonar un proyecto ha de dar coraje para continuarlo.”

“Paciencia y buen humor, reír en lugar de reñir.”

“Sólo el que está bien preparado tiene la posibilidad de improvisar”

“Empezaba a oscurecer sin que yo viese la oscuridad.”

“El miedo realiza lo temido”

Y un destello de humor en el hospital:

“Una tarde le pregunto al amable médico si alguna vez en su vida ha curado a una sola persona. Reflexiona circunspecto y me contesta: “Curar es una palabra muy seria”, después mueve la cabeza y me sonríe para animarme”.

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La primera consideración es que la película no es tan mala como uno pueda imaginar.

Hasta se puede considerar de original vuelta de tuerca, si uno la compara con la fotocopia que Gus Van Sant hizo de la PSICOSIS de Hitchcock. Aquí al menos, hay algo nuevo.

La película arranca con el asesinato más famoso de la historia del cine. Sí, el acuchillamiento en la ducha de PSICOSIS. Luego el film adquiere color, y se nos presenta un Norman doce años después (aunque la película es de 23 años después).

Anthony Perkins y Vera Miles, repiten personaje; él, como el trastornado Norman Bates, y ella, como la hermana de Janet Leight.

Robert Loggia, es el doctor-amigo de Norman. Dennis Franz, es el actual director del motel Bates. Y Meg Tilly es… pues la atracción del film.

PSICOSIS II Meg Tilly

Meg Tilly sospechando algo

Norman empieza a trabajar en una cafetería, allí conoce a una morena y extrañamente atractiva– camarera (Meg Tilly). Ella ha roto con el novio y como hace poco que está en la ciudad, no tiene donde dormir. Norman la invita a su motel. Allí conoce al nuevo director que ha convertido el lugar en un decrépito sitio con habitaciones alquiladas por horas, para parejas furtivas y drogadictos impacientes. Norman le despide, e invita la chica a pasar la noche en la casita del monte. ¡Glup!

PSICOSIS II Meg Tilly

Meg Tilly en la ducha (obviamente hay ducha)

PSICOSIS II Meg Tilly

Meg Tilly salida de la ducha (ella, sí sale)

El guión tiene dos giros sorpresa. El primero es realmente interesante, me gustó. Nos muestra al pobre Norman como un ser atormentado, al que aún atormentan más. ¡Norman es (ahora) inocente!

El segundo, parece sobre el papel sacado de un culebrón. Es una solución fácil, pero que permite dos cosas: primera, dejar cabo suelto para una tercera parte (que la hay), y segunda, acabar la película donde podría empezar la primera. Eso es: un Norman libre, director del motel, y con su madre en la ventana, observando.

El protagonismo del film se lo reparten a partes iguales, Norman Bates y su madre (y no es un juego de palabras con su doble personalidad). La madre de Norman aparece realmente en esta película. En realidad, aparecen hasta cuatro madres.

PSICOSIS II Meg Tilly

Meg Tilly, como madre de Norman (no se ve, pero trae cuchillo)

Anthony Perkins no logra hacer tanto yuyu en color, como hacía con la fotografía en BN. Se nos ha humanizado, aunque tiene algún momento realmente perturbador: descuelga el teléfono y habla con su madre, cuando le han colgado, él sigue hablando con su madre.

La película sigue ideas y copia planos de la primera versión: el punto de vista aéreo por encima de las escaleras, el ojo en el agujero en la pared, la dichosa bombilla del sótano. El límite entre el homenaje y el plagio es sutil, pero gracias a la fotocopia de Gus Van Sant, aquí, se eleva a la categoría de homenajes.

PSICOSIS II Meg Tilly

Meg Tilly ve que la observan

Necrológica: en la película mueren 6 personajes. Si le vais a coger cariño a alguno, os recomiendo el sheriff, que ese sí que al final está vivo.

P.S. Debido a mi enamoramiento repentino de esta chica, he surfeado, y descubierto que es la hermana de Jennifer Tilly (mismo apellido no tiene porque equivaler a familia: Bergman, por ejemplo). Jennifer es LA NOVIA DE CHUCKY (la guapa era la muñeca, no ella XD)

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