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Posts Tagged ‘odio’

Mi padre se está muriendo. El cáncer le consume. Su voz es un hilillo apenas audible, pero aún sorbe la sopa, y por ello le odio. Una vida astenia en el sofá, del que ya no puede levantarse sin ayuda. Ya ni siquiera cambia de canal, se traga el caudal de anuncios de la tele con indiferencia.
Ha perdido el sarcasmo para sobrevivir. Ha dejado de gruñir ante mi completa inutilidad como persona, y ya no escupe que “escribir es una mariconada”.


Odio la enfermedad porque devora a las personas, y deja de ellos unos recuerdos humillantes y degradantes. Un ser que ya no es lo que fue.

En el cahuín de médicos y pruebas, yo no escucho. Cuanto menos sepa, menos me dolerá. Me aterra el dolor; ese al que no se le puede echar agua oxigenada y ponerle una tirita encima.


Mi madre afronta las turbulencias de la vida, con la misma sumisión de siempre. Antaño estranguló todos sus sueños, o quizás nunca los tuvo. Todo es una carga, y hogaño no soporta que nadie toque su cruz. Se fustiga y la arrastra pendiente abajo hacia su crucifixión, redentora pero inútil.


Odio el mundo porque está enfermo. Y el ser humano, responsable y único posible salvador, asiste a su destrucción, indiferente e hipócrita, y antepone sus insignificantes vidas al dolor colectivo. Confían en un Dios que ya no recuerdan haber inventado, o le echan las culpas a un destino que sólo ellos mismos escriben.


Y yo no tengo a quien contarle mis problemas, y por ello, los problemas de los demás me importan un bledo. Sigo encerrado en mi jaula, como un perro rabioso, y contemplo las visitas fugaces que se me acercan. Tan sólo recibo palabras. Podría inventarlas y quizás tuvieran menos intenciones ocultas. Giro la llave en la cerradura, soy mi carcelero sin piedad y no me dejo pasar ni una. Escribo, sí, es todo lo que soy. No tengo otra existencia y nadie puede aportar pruebas de lo contrario. Y en lo que escribo, en cada renglón de rabia y violencia, en cada herida abierta con cinismo, hay un mensaje subliminal, pero casi nadie entiende mi idioma.

Esta es mi parodia de vida. Espero que te haya parecido cómica y divertida, de lo contrario te resultará incómodo de leer.

Leo Bennacker

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La verdad de mi vida humana

Hasta ahora habías circulado por las vías sin fijarte demasiado en el paisaje, ni en el nombre de lo que ibas dejando atrás. Eras un ser humano, uno de esos microbios que abundan el planeta, sin nada en particular visto desde lejos. Si había que ir, ibas. Si tenías que hacer, hacías. Si había que creer, creías.

Veinte años ya son algunos años; aunque los primeros siempre parecen menos.

Tu ignorancia te aportaba seguridad. Una oveja en clase, mediocre y discreto. Poco que decir en las observaciones. Familia y hogar. Juegos y amigos. Novietas y estudios. Tan tediosa era tu vida, como lo era la de mil más de tus conciudadanos. Y todo ello siendo único, especial e irrepetible. Pero esos adjetivos, aplicados también a los demás, quitan el brillo que de entrada tenían.

Y de repente, una sombra de duda. Una curiosidad y una buena biblioteca. Delante de un estante repleto de libros que no lograrás acabar jamás, empezaste a darte cuenta de que el mundo ya había sido vivido, escrito, analizado, amado y sufrido.

Que la gente va y viene: te ama para siempre y desaparece sin dejar rastro de repente. Que todos van muriendo, y no siempre los ancianos van a la fosa primero. Que todo renace y es nuevo, siendo otra vez lo mismo. Que lo justo no siempre es bueno, y que lo malo siempre puede ser peor. Que la verdad es poderosamente dolorosa y que la lucidez no ha hecho feliz a nadie. Extrañas reflexiones.

Dudas y preguntas. Hasta descorrer la cortina y contemplar el abismo del descarrilamiento. Que no eres nada, y no lo serás. Que se vive de ilusiones y sueños, pero se ha de tragar comida y copular con cuerpos. Que la soledad y el silencio hacen daño que no se cura con reposo y medicinas. Que no existe tu destino, ni ningún Dios superior. Que naces de carambola y mueres porque todo perece. Y que la vida, la única, especial e irrepetible, no tiene objetivo alguno. No hay nada de lo que te han enseñado que hay que hacer, que realmente haya que hacerlo para “vivir”.

¿Entonces qué?

Entonces nada.

Y es en este vacío, en este caos, donde todo es frágil y se lucha con egoísmo por la supervivencia en que debes vivir. Y ahora que lo ves, ahora que la venda se te ha caído de los ojos, esa misma lucidez te tortura. Y anhelas el pasado, un tiempo reinventado a mejor, y echas de menos los que se fueron y los que ya no pueden volver. Como te echaran de menos a ti también, un breve periodo de tiempo mullido, cuando te vayas para no volver. Y ese día no llegará en sí mismo, sino que, en parte, ya te estás yendo ahora. Poco a poco, ¿verdad?

Leo Bennacker

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Mañana es ese día que tiene que venir y que esperas.

Ese día en que todo empezará de cero.

El día del arranque de las oportunidades.

El día del primer peldaño de los sueños.

El día en que la esperanza se empieza a palpar de realidad.

Mañana es ese día.

Sin saber muy bien cómo, ni tampoco cuando, se convierte en hoy. Se ensucia de presente, y debe ser sacrificado, y todo lo que esperabas, se debe trasladar a mañana, al siguiente.

Cae al suelo sucio, y hay que desecharlo también. El siguiente, dices.

A la basura. Otro.

Otro.

Ha pasado una semana. ¿Dónde estabas hoy hace una semana?

Si no lo puedes recordar, ¿cómo recordarás el mes? Y luego, se agrupan doce, y toca cambiar el calendario de la pared. Ese paisaje muerto que para ti jamás ha sido real del todo.

Cinco, diez, quince años, y ya conoces los nombres más divertidos del cementerio.

“Dolores Fuertes Barriga”

“Vanesa Delano Ancho”

Y unos cuantos más, con rostros grave y fríos como de esperar, aún, alguna cosa. De repente estás rodeado de gente muerta, y te tiemblan las manos. Ya no bajas los adornos de navidad de lo alto del armario, ni barres bajo la cama.

Y mañana, dices.

Mañana…

Lo único que hay para mañana es la muerte. Hasta entonces, sin pasado y sin futuro, tan sólo un presente continúo que se va desintegrando bajo los pies y te obliga a seguir, aunque no quieras.

La vida empuja.

La vida siempre empuja.

Leo Bennacker

No hay mañana

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Para mí la vida es teórica.

Y mi “vida”, depende únicamente de mi predisposición mental a ello. Soy capaz de grandes cosas, pero tan sólo con un bonus de motivación que JAMÁS ha surgido por mí mismo.

Por el contrario, en estados de decadencia, soy incapaz de las tareas más mundanas, como por ejemplo, salir a la calle.

En el estado de deriva en el que ahora me encuentro, veo con absoluta nitidez la catástrofe. La veo venir, y sigo sin apartarme, ni hacer nada para impedirla.

Ese vacío que late en mí; esa falta de fe en las creencias, terrenales o espirituales; esa falta de apego con los conciudadanos. Esta sensación de perpetua falta de algo indefinible… Este romanticismo fuera de época, todo ello provoca el desgaste y la rotura de los engranajes para vivir.

La neblina tétrica, este hastío que me devora, este desierto aullador dentro de mí que jamás retrocede, sino que a lo sumo, logro hacer avanzar más despacio, quizás ha distorsionado mi realidad. O quizás mi realidad siempre ha sido deformada. O es lucidez, o es locura. O la necesidad vital que sea alguna de ambas, y así abandonarme a ella.

Mi suicidio no requeriría de una gran puesta en escena.

Mi suicidio será, por ejemplo, ver venir un tren y no apartarme. Ser consciente que viene, que me va arrollar, y no tener ni fuerzas, ni voluntad, para dar un paso.

Un leve paso, es a menudo la diferencia entre vivir y morir. Saberlo, no ayuda ni poco ni mucho.

En estados de decadencia, escribir quiero pensar que ayuda. Es la única forma de gritar que conozco.

Es un grito a nadie en concreto… ¿a quién “de verdad” le grito?

Es un grito al mundo entero… que no entiendo y me aterra. Y al que, en momentos de hundimiento, quisiera, yo o la maldad que hay en mí, arrastrar conmigo.

Leo Bennacker

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