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Posts Tagged ‘Leo Bennacker’

Si vas paseando por la calle con un amigo, alguien se cae aparatosamente en medio de la acera, y ves que, instantáneamente, tu acompañante encoge y cambia de color hasta volverse translucido, no lo dudes, tu amigo es un cuatro. Y si además, por asociación mental, se recrea masocamente con alguna anécdota humillante de su infancia o juventud, es que se trata de un cuatro como la copa de un pinus.

Si Aquiles fuera cuatro, su talón sería la vergüenza. En pleno fragor de la batalla, en lugar de dispararle en el pie, podrían haberle dicho: “chato, que llevas la faldita levantada. Además, no te hace juego con las sandalias”. Y el aguerrido mozo habría caído fulminado al suelo mas rotundamente que si le hubiera aplastado el mismísimo caballo de Troya.

En la parte trasera del coche junto con “bebé a bordo” llevan una pegatina que dice: “Al loro, soy cuatro”, así que piensa detenidamente a qué “antro” los llevas cada vez que salgáis de juerga. Socialmente, they’re special. Inconscientemente creen que el mundo debe adaptarse a ellos en lugar de al revés. Buscan lo original, lo insólito, lo diferente. La gente corriente y moliente, “los pepis” les aburren.

Cuando se reúnen con un grupo heterogéneo y alguien suelta un chiste facilón, escatológico, sexista o de alguno de los variadísimos tipos de sal gruesa que existen, el cuatro será el único que, no solo no se reirá, sino que encogerá la nariz con repugnancia como si le hubieran echado encima 20 kilos de arena usada para gatos. Pero si, por el contrario, alguien hace algún juego de palabras absurdo o ingenioso que encaje con su particular visión del mundo, se estará partiendo sol@ la caja durante horas, días e incluso semanas para desconcierto general.

Ellos hablan bien, algunos asquerosamente bien incluso. Puede que suelten tacos ocasionalmente, pero no es muy habitual encontrar a un cuatro con los latiguillos e interjecciones varias de una Belén Esteban. No soportan la vulgaridad en ninguna de sus manifestaciones, se sienten refinados, con style. Necesitan encontrar cierta armonía estética en su microcosmos, sino, no solo no se sentirán a gusto, sino que se aburrirán soberanamente. Motivos más comunes de “depresión estética” de un cuatro: “odio mi ropa y mi pelo”, “Los colores de la casa de mi chic@ me dan grima”, “Como siga escuchando a Maná en el hilo musical de la oficina me ahorcaré con el ratón” “Dejaré de ver la tv hasta que desaparezca Aida” o “Muerte y destrucción al eau de Brummel del vecino del quinto”.

Uno de sus rasgos más admirables y desquiciantes al mismo tiempo, es que, a un cuatro es difícil mentirle u ocultarle algo importante. Si eres pudoroso y odias los stripteases emocionales, huye de ellos como alma que lleva el devil, porque son como James Stewart en La ventana indiscreta. Cuando te miran a los ojos, se asoman con descaro a las profundidades de tu alma y lo hacen sin permiso, cuando quieren y como les da la gana. Luego tienen la desfachatez de comunicarte lo que han encontrado o de echarte esa mirada condescendiente de “pobrín, si ya se lo que te pasa” antes de que abras la boca, dejándote siempre con sensación de déjà vu o con la frustrante sospecha de que ven o intuyen más cosas sobre ti que tú mismo.

No existe explicación a porqué la memoria cuatril no ha sido aún utilizada por el FBI, la CIA, INTERPOL o la NASA, porque son incapaces de olvidar ningún detallito por muy nimio, absurdo o insignificante que sea; especialmente si es algo que les ha herido o tocado las narices. Pueden haber pasado 5, 15 o 35 años desde que hiciste esperar 20 min a un cuatro a la entrada de un cine, que el será capaz de recordar, no solo la fecha exacta, sino el nivel de humedad del aire, la posición de saturno con venus, el numero de hijos que tenía Angelina Jolie, la cantidad exacta de pecas del cuello del tipo que tenia enfrente, el radio de las palomitas de colores e incluso el michelín inoportuno de la taquillera que se solidarizó con el.

Nunca intentes animar a un cuatro recordándole sus buenas cualidades, porque en todo lo no referente a su lado oscuro tienen “tunnel vision”. No importa que estén dotados de lo mejor de su naturaleza cuatril y puedan llegar a ser brillantes, ingeniosos, encantadores, solidarios, creativos o con un talento artístico más que notable, ellos sólo verán sus defectos y bloquearán todo lo demás. Intentar convencer a un cuatro pesimista es como jugar un partido de tenis contra las hermanas Williams. Te devuelve todos tus saques al cuadrado con fuerza, agilidad y contundencia, como si fuera una fuerza descontrolada de la naturaleza. Así que en ese inoportunísimo momento, lo único que puedes hacer es callar, tomar aire y reprimir los impulsos de ahogar con la red su cabezón.

La mayoría de la gente no lo sabe, pero las mayores cabezas de turco de la historia han sido cuatros, desde Harvey Lee Oswald hasta Isabel Pantoja. Y esto se debe, básicamente, a dos de sus rasgos: su empatía y su sentimiento de culpa. Se identifican y se funden tanto tantísimo con los dolores ajenos y se sienten tan responsables de lo que va mal, que van por la vida diciendo “me lo quedo” con cada desgracia como quien va de rebajas. Si encierras a un cuatro con un asesino en serie, a los dos días te estará cantando a pleno pulmón y en mandarín su mea culpa (amén de proporcionarte un croquis detallado de los lugares en los que degollaba a sus victimas). Se le habrán olvidado las cosas más básicas: su nombre, su dirección, su pasado, su perro, el pin de su móvil, la letra del baila el chiki chiki…

No te sorprendas si ocasionalmente no reciben alguna de tus llamadas, e-mails o mensajes. Junto con su dirección real, en cada uno de sus documentos, debería aparecer su autentica residencia: Bubbleland, un lugar fantástico lleno de proyectos, sueños y buenas intenciones, donde el presente no existe y todos sus habitantes se columpian indolentemente del pasado al futuro. Cuando un cuatro sale al mundo real (normalmente en breves escapadas para comprar el pan o pasear al perro) y camina por otros barrios, se apodera de él el síndrome “que verde era su valle y que mustio el mío” e instantáneamente siente nostalgia por volver a su adorado Bubbleland. En este lugar mágico, antesala de lo que va a ocurrir en un futuro no muy lejano, el se preparará mentalmente para cosas sencillitas como: arrasar en la próxima edición de OT, ganar el Pulitzer, conocer a su Nino Quincampoix particular al lado de un fotomatón (sí, Amélie era cuatro y mucho), diseñar un nexus 6 con el físico de Rodrigo Santoro/Jessica Alba o que algún científico loco le confirme, de una vez por todas, que puede volar al mas puro estilo Superman o los hermanos Petrelli.

Si después de todo esto, aún dudas sobre “arrimarte” a un cuatro o devolver el que ya tienes, don’t worry, porque el hecho de que permanezcan o no en tu vida, es algo que no puedes controlar. Cuando algo llega a su corazón, su lealtad y entrega hace que se aferren a el cual Gollum al anillo mágico y es difícil que lo dejen escapar. Además, nunca se sabe, puede que te salgan artistas… y son tan “tiennos”… 😉

Dedicado con cariño a los cuatros y a tod@s los que tengan un/a amig@ cuatro (especialmente a los míos). Espero que os arranque alguna sonrisa.

Kisses cuatriles***


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Eneatipo

Tras realizar un test, y pasarle la respuesta a /alhy, y tras meses y meses de arduo trabajo investigador :D. Me ha pasado los resultados.

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5 con ala 4:

El iconoclasta Sano: se combinan la curiosidad y la facultad perceptiva con el deseo de expresar una visión personal única. Estas personas son más emotivas, introspectivas y creativas. Buscan un espacio que no haya sido explorado por otros, algo que pueda ser verdaderamente propio. Sin orientación científica, suelen ser solitarios creativos que combinan la pasión con la objetividad. Son caprichosos e ingeniosos: sus trabajos de bricolaje pueden llevar a sorprendentes innovaciones. Quien dice bricolaje dice (inserte el name de su pasión aquí) __ESCRITURA Ò_Ó_____ .

Con frecuencia atraídos por las artes, usan más la imaginación que las partes analítica y sistemática de su mente. Medio (o moderadamente) neurótico: Aunque en primer lugar se identifican con su mente, las personas de este subtipo se ven ante fuertes sentimientos que podrían crearles dificultades para continuar sus tareas y para trabajar con otros. Son más independientes que las del otro subtipo y se resisten a que les impongan estructuras. Sus intereses se dirigen hacia lo surreal y fantástico, que no a lo racional ni a lo romántico: es fácil que queden absortas en sus paisajes cerebrales; suele costarles mantener los pies en la tierra y son poco prácticas en la consecución de sus intereses. Es posible que se sientan atraídas por temas misteriosos o prohibidos o por lo perturbador y grotesco.

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^.^ Ese soy yo

En algunas cosas si que estaría de acuerdo.

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Esta anécdota ya la he contado varias veces:

Yo iba a un peluquero parlanchín que al enterarse que escribía (agh) le dio por interesarse por mi “obra”. Es difícil hablar de lo que escribo, hasta el punto que creo que al hacerlo, lo desmerezco. El caso es que, con las tijeras tras mis orejas, ese buen hombre me expuso su teoría acerca de las historias. (Relatos, novelas, películas,… en el fondo son todo historias).

Una buena historia, debe tener una introducción, un nudo y un desenlace”.

Este esquema clásico, me pareció cruel. Un molde para el que la mayoría de mis “cosas”, era extraño. Si aquello era lo bueno, lo mío era ¿malo? Decidí cambiar de peluquero.

El teatro suele tener este esquema. Shakespeare (escoged la que queráis) tiene este esquema. Y luego está Strindberg. Eso no tiene final… no hay final al caer el telón. Cae porque tiene que caer, pero la cosa, la historia, podría seguir (y sigue, aunque no la veamos). Todo el mundo conoce Shakespeare, aunque no lo hayan leído nunca. Hasta hace dos meses no tenía ni idea de quien demonios era Strindberg. Quizás no significa nada… o quizás sí.

Hace poco colgué por ahí un texto que me parece ingenioso y bueno. Era de uno de mis temas recurrentes: el asesino cotidiano. Un ser humano de lo más normal y corriente, que comete atroces actos. El texto arrancaba con el abuso del cuerpo de una chica (a la que acababa de matar), y enseguida saltaba a su vida conyugal, una vida de pareja compenetrada y feliz. Incluso me permití un chiste macabro.

Es bien cierto que cada lector lee su propio libro, su propia historia. Y que muchas veces no tiene mucho que ver con lo que el autor escribe (y ya no digamos con lo que el autor tiene en la cabeza).

Las reacciones a mi texto fueron de lo más dispares. Algunas realmente asombrosas. Alguien me comentó incluso que le parecía original la charla con el bebé. ¿Qué bebé? Ò_Ó

Ni por temas, ni por estructura narrativa, lo que escribo será nunca demasiado popular. Melusina decía que yo siempre buscaba temas escabrosos y truculentos, y que eso apartaba a “la masa” de lectores. Y Darthpitufina sigue manteniendo que para mucha gente “la muerte” es un tema tabú, incluso en relatos de poca monta. Un editor soltó en una entrevista: “El recuerda que vas a morir, no vende”. Pues estamos apañados.

Estas dificultades (aparte de las neuras propias), me llevan a menudo a la sensación de incomprensión. Y más aún, en si debería esforzarme en intentar hacer entender mis cosas. Es decir: explicarlas. Si mis textos son juegos de magia, explicarme sobre ellos equivaldría a enseñar el truco. Pero si el único fin de escribir es salirse de uno mismo y encontrar comprensión, ¿qué futuro espera, si el mensaje recibido por el lector es erróneo?

Como siempre, en caso de dudas, acudo a mis Maestros.

Kubrick jamás daba ruedas de prensa para hablar de sus películas: “Lo que tengo que decir sobre la película, está en la película.” Algo semejante decía Sir Alfred, cuando un actor le preguntaba acerca de su personaje: “Lo que tiene que saber está en el guión”. ¿Y la motivación?, preguntaba el actor, a lo que el ingenioso Hitchcock le respondía: “la motivación debe buscarla en su sueldo”.

Quizás fuera Goethe que decía: “Hablar sobre escribir, es no escribir. La gente que escribe no tiene tiempo para hablar de lo que va a escribir o de lo que ha escrito, está escribiendo.”

Touché

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Suspiro

Suspiro

Al despertar temprano intento levantarme.

Salir ahí fuera y hacer… cualquier cosa.

Pero no puedo

Al despertar, un vacío dentro me lleva a ti

¿Cómo seria darme la vuelta y encontrarte allí?

¿Cómo seria sentir el calor de tu cuerpo bajo las sábanas?

Y ¿adentrarme en la tierna humedad de tus labios?

¿Y desfallecer de placer dentro de ti?

Algún día. Palabras tan improbables como el pensamiento real de la propia muerte.

Pero la muerte es segura.

Lo único seguro

Lo único a lo que cada día que me levanto me voy acercando

Y todo lo demás, vacío.

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Soy un tipo de rutinas. Cuando voy a echar gasolina al coche, me detengo siempre en el mismo surtidor, y desde que me hice con la tarjeta de puntos Club CEPSA –hará un par de años ya- voy, casi exclusivamente, a la misma estación de servicio.

Cepsa

La estación está situada a la entrada de Tordera, en la nacional II.

Hace unas semanas, al detenerme frente al surtidor, marcar la cantidad y sacar el dispensador, una voz celestial me advirtió que ese surtidor funcionaba ahora en modo “prepago”. Antes de llenar, paga.

Es un estilo de autoservicio que funciona en muchas otras gasolineras, así la gente no se va sin pagar.

Fue una pequeña revolución en mis hábitos, pero me conformé.

Ayer fui a llenar el depósito del Peugeot 205 de color rojo (es el vehículo que me ha sido asignado, desde que mi padre conduce exclusivamente su rimbombante 4×4 (la marca del 4×4 es el nombre de la asistenta y confidente de Madame Butterfly –consulta Google en caso de curiosidad-). Había bastante gente alimentando sus vehículos. Me situé en “mi” surtidor, justo detrás de un vehículo marca Audi A4

(nota: a mi los coches y sus marcas no me interesan, me resbala el tema, pero para exponer lo que pretendo, debo haceros partícipes de los detalles técnicos).

El buen hombre del Audi A4 azul oscuro, estaba llenando ya. Mientras el tipo mantenía la manguera enchufada al vehículo yo rebusque el dinero y la dichosa tarjeta de puntos –que se presenta al pagar, y por la que acumulas puntos a cambiar por idioteces-. El hombre estuvo un buen rato. Luego, colgó el dispensador, y se fue hacia dentro a pagar.

¿A pagar?

– Vaya –recuerdo que me dije-, han quitado el modo de prepago.

El tipo del Audi A4 salió, se metió en su vehículo, arrancó y se fue. Avancé con mi Peugeot 205. Me detuve. Baje. Abrí el tapón. Marqué la cantidad. Saqué el dispensador y…

– Este surtidor está en modo prepago. Pase por caja primero…

Me dirigí a la caja con la mosca tras la oreja. Me olía lo que pasaba pero no quería pensarlo.

– Así que ahora es de prepago –dije

– Sí. Así la gente no se va…

– A veces es de prepago y a veces no –apunté, mirándolo a los ojos.

– El 1 y el 3 son de prepago, son los que quedan más lejos de la caja…

– Pues yo siempre voy al 1, costumbre…

Y entonces, el tipo se traicionó.

– A veces lo abrimos, si vemos… si conocemos…

¿Hace más de tres años que vengo, mínimo una vez a la semana, y no me conoces, carcamal?

Por abrir, es evidente, se refiere a que –desde la caja- pueden bloquear o desbloquear el prepago del surtidor.

Y la conclusión es que si llegas con un coche de gama alta, por ejemplo un Audi A4 y vistes traje y corbata, encuentras el surtidor dispuesto a servirte.

Si llegas con un Peugeot 205 cubierto de polvo (hace tiempo que no llueve, y yo ahorro agua) te encuentras el mismo surtidor en prepago.

Bueno es saberlo, ¿no?

El tipo se dio cuenta de lo que estaba pensado, y me regalo un bolígrafo de publicidad. Por orgullo debí rechazarlo, pero mi tendencia con el caballo regalado es no mirarle el dentado, así que me lo “embolsillé”.

Pero me sentí Lisa Simpson.

Me refiero al episodio en que una nueva alumna llega al colegio, es tan inteligente –o más- que ella, lo que las convierte en rivales. Cuando Lisa Simpson visita su familia, y el padre le propone jugar a los palíndromos. Lisa resuelve uno simple, y el padre le dice:

– Mira, ¿quieres esta pelota? La puedes hacer botar.

– ¿Quiere un bolígrafo de publicidad?

¬_¬

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Los textos que escribo, los libros que leo, las películas que veo, la gente con la que me cruzo. Todo es vacío para mí.

A mi no me gusta conocer gente. No me gusta la gente. Soy antisocial. Creo que preferiría ser conocido. Mejor dicho, que mi obra fuera conocida. Porque no soy otra cosa que mi obra. Es lo que hay, soy lo que escribo. Y nada más.

Intenta darme una prueba de lo contrario, si puedes.

Yo estoy solo. No porque quiera, pues quisiera todo lo contrario -uno siempre desea lo que no puede tener-. Yo estoy solo porque me alejo de la gente. El 99,99% de las personas con las que he topado me incomodan; siento que me hacen perder el tiempo y no me aportan nada. Me distraen durante un rato, pero enseguida me hastío. Para estar a disgusto, no estoy.

Y no estoy nunca, ¿verdad?

Tampoco tengo amistades. Y si resulta que tengo, no quiero traicionarlas afirmando que lo son.

No suelo dar portazos, si te apetece acercarte, me encontrarás con los brazos abiertos; también lo estarán cuando decidas irte. No intentaré seguir a ningún conejo con chistera. La gente va y viene, mientras la vida se agota. Y la mía se agota más deprisa que la de los demás porque no hago nada con ella.

Dijo Marguerite Duras: “Mi vida empezó demasiado pronto a ser demasiado tarde”.

Ya está dicho, pues.

No existo sino escribo, y escribo por necesidad. Igual que respiro. Intentar no hacerlo supone grandes esfuerzos y dolorosas consecuencias.

Quiero que me lean.

No que finjan leerme para intentar conocerme. Creen que hay un misterio donde no lo hay, buscan cruzar mis textos para llegar a mí. Pero cuando cruzas mis textos, al otro lado, no hay nada. No hay un mago detrás de las cortinas, sólo hay la cortina roja sangre en una habitación de atmósfera asfixiante. Y un enano que habla al revés.

Las palabras solo son combinaciones de letras. En una cucharada de sopa de letras leo amor, y leo asco, y leo kxjw, que como tantas otras combinaciones de letras, no significan nada.

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Hoy, sacando el cristal del portarretratos para razones que ahora no viene al caso, ha caído de atrás, una fotografía que no recordaba de su existencia. Una fotografía mía, una fotografía de la comunión.

Eso no tendría más qué, si en mi mundo no hubiese prácticamente fotos mías. Ni tengo, ni me hago, ni quiero aparecer en ellas. Es demasiado doloroso.

En la susodicha foto hay un criado que no conozco. Escuálido con ropa fea y ancha que nunca más se volvió a poner; ojos enormes sin gafas, y cejas que casi rozan el flequillo de un peinado casco sin patillas. Tiene un rostro pálido, lampiño, limpio. Lo veo triste. Ojos apagados, grandes, oscuros, dolientes. La ceguera ya había empezado pero yo aún no lo había querido reconocer.

El de esa foto no soy yo. Ese niño ya no existe. Quizás nunca existió, pero está ahí, en la foto, como un fantasma. Como el hermano pequeño muerto. Ese del que no se debe hablar.

Ha sido una experiencia dolorosa.

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