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Posts Tagged ‘existencia’

Hoy, sacando el cristal del portarretratos para razones que ahora no viene al caso, ha caído de atrás, una fotografía que no recordaba de su existencia. Una fotografía mía, una fotografía de la comunión.

Eso no tendría más qué, si en mi mundo no hubiese prácticamente fotos mías. Ni tengo, ni me hago, ni quiero aparecer en ellas. Es demasiado doloroso.

En la susodicha foto hay un criado que no conozco. Escuálido con ropa fea y ancha que nunca más se volvió a poner; ojos enormes sin gafas, y cejas que casi rozan el flequillo de un peinado casco sin patillas. Tiene un rostro pálido, lampiño, limpio. Lo veo triste. Ojos apagados, grandes, oscuros, dolientes. La ceguera ya había empezado pero yo aún no lo había querido reconocer.

El de esa foto no soy yo. Ese niño ya no existe. Quizás nunca existió, pero está ahí, en la foto, como un fantasma. Como el hermano pequeño muerto. Ese del que no se debe hablar.

Ha sido una experiencia dolorosa.

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Aunque escribo para mí, pues soy el único que sé que me lee, el único que me analiza y me valora, el único que siempre me propone mejoras, sin esperar nada a cambio, aunque escriba para mí, decía, hay un océano de necesidad ajena que me palpita.

Si no recibo comentarios, ni reacciones, de la gente que me importa o de los desconocidos, me quejo.

Si el comentario es “escribes muy bien”, me quejo.

Si alguien toma tiempo y molestia en reflexionar sobre algo mío, me agrada un instante, y luego, fugaz, pienso: “bueno, pero he escrito más cosas”. Y deseo fervientemente que también explore esos textos.

Creo que hay en mí una necesidad de reconocimiento de mis “obras”, de mis “porquerías”. Para que luego pueda usarlo como bandera contra mi pasado, y contra ellos y decir, con sorna: ¿veis? ¿Veis como tenía razón?

Y haber logrado así, con ese reconocimiento, cierta meta final a una existencia pueril y dolorosa. Encontrar, al final, una razón luminosa para tragarme toda esta oscuridad.

Creo que mi única “obra”, la única que haré en la vida, es “toda la obra”. No es que escriba una y otra vez lo mismo, sobre lo mismo (que lo hago); es que todo son pequeñas piezas de una única cosa. Obviamente yo, ¿no?

Entonces, quizás, no tenga nada que ver con la “escritura”, sino conmigo.

No escribo para “escribir”, sino para exponer lo que soy, con la esperanza ciega, de encontrar a alguien que lo entienda, que lo comprenda, y dejar de estar solo.

Lo que escribo no es fácil, dicen.

No escribo para entretener a nadie, no te cuento una historia. No sé nada de personajes, ni escenarios, ni diálogos, ni técnicas narrativas. No se nada de “escribir”, en realidad.

Escribo por necesidad.

La mayoría de veces, escribir es mi forma de hacer daño. De escupir veneno. No son tintes mesiánicos revolucionarios, no es “despertar al borrego”, sino que todo es mucho más sucio y egoísta, arrastrar al lector a mi pozo.

Es decir, dejar de estar solo (otra vez).

Debe ser esto, pues.

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La verdad de mi vida humana

Hasta ahora habías circulado por las vías sin fijarte demasiado en el paisaje, ni en el nombre de lo que ibas dejando atrás. Eras un ser humano, uno de esos microbios que abundan el planeta, sin nada en particular visto desde lejos. Si había que ir, ibas. Si tenías que hacer, hacías. Si había que creer, creías.

Veinte años ya son algunos años; aunque los primeros siempre parecen menos.

Tu ignorancia te aportaba seguridad. Una oveja en clase, mediocre y discreto. Poco que decir en las observaciones. Familia y hogar. Juegos y amigos. Novietas y estudios. Tan tediosa era tu vida, como lo era la de mil más de tus conciudadanos. Y todo ello siendo único, especial e irrepetible. Pero esos adjetivos, aplicados también a los demás, quitan el brillo que de entrada tenían.

Y de repente, una sombra de duda. Una curiosidad y una buena biblioteca. Delante de un estante repleto de libros que no lograrás acabar jamás, empezaste a darte cuenta de que el mundo ya había sido vivido, escrito, analizado, amado y sufrido.

Que la gente va y viene: te ama para siempre y desaparece sin dejar rastro de repente. Que todos van muriendo, y no siempre los ancianos van a la fosa primero. Que todo renace y es nuevo, siendo otra vez lo mismo. Que lo justo no siempre es bueno, y que lo malo siempre puede ser peor. Que la verdad es poderosamente dolorosa y que la lucidez no ha hecho feliz a nadie. Extrañas reflexiones.

Dudas y preguntas. Hasta descorrer la cortina y contemplar el abismo del descarrilamiento. Que no eres nada, y no lo serás. Que se vive de ilusiones y sueños, pero se ha de tragar comida y copular con cuerpos. Que la soledad y el silencio hacen daño que no se cura con reposo y medicinas. Que no existe tu destino, ni ningún Dios superior. Que naces de carambola y mueres porque todo perece. Y que la vida, la única, especial e irrepetible, no tiene objetivo alguno. No hay nada de lo que te han enseñado que hay que hacer, que realmente haya que hacerlo para “vivir”.

¿Entonces qué?

Entonces nada.

Y es en este vacío, en este caos, donde todo es frágil y se lucha con egoísmo por la supervivencia en que debes vivir. Y ahora que lo ves, ahora que la venda se te ha caído de los ojos, esa misma lucidez te tortura. Y anhelas el pasado, un tiempo reinventado a mejor, y echas de menos los que se fueron y los que ya no pueden volver. Como te echaran de menos a ti también, un breve periodo de tiempo mullido, cuando te vayas para no volver. Y ese día no llegará en sí mismo, sino que, en parte, ya te estás yendo ahora. Poco a poco, ¿verdad?

Leo Bennacker

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A veces deambulo sin sentido por todo aquello que he sido y por lo que nunca llegaré a ser. Y me digo: deprisa, deprisa; porque todo parece que me empuja, y sin saber a hacía donde, doy vueltas sin parar, y pienso, demasiado.

Me ahogo con la incertidumbre y me acuchilla el miedo atroz. Como si un monstruo me tuviera en su boca y me masticara. Doy vueltas, me empapo, me siento sucio, pero no me traga, y no me digiere.

Una de aquellas torturas mitológicas ante la cual cierro las lecturas, y me recuerdo infante de mi reino, arrodillado rezando.

Y se enciende un fuego latente de odio y rencor. No quemo jamás nada, pero me voy extinguiendo un poquito, un poquito más.

A veces deambulo con demasiada lucidez por mi existencia pretérita, y aquello que encuentro, esa ciudad de recuerdos mohosos, de lugares devastados, de cadáveres abandonados y putrefactos, son bien míos. Toda la posguerra me pertenece. Ha empezado el racionamiento de sueños. Tiempos grises y rejas fuertes. Hasta olvidar el color de los bosques, y las formas de las nubes. Hasta creer que siempre ha existido este dolor, y que jamás desaparecerá.

Soy hijo de la ira; soy miedo puro, inestable y frágil.

Un leve temblor de manos, un titubeo en los labios pálidos, una ceguera permanente, una sordera voluntaria. Una mente atrofiada. Si suena la campana, salgo a escena, y finjo ser el loco alucinado. Algunos humanos me aplauden; son sólo los que saben de su sufrimiento. Los que desconocen su fin, no lo entienden, y me dan consejos que no saben que están vacíos. Pobrecillos, pobrecito.

Soy hijo de la mentira; soy engaño puro, egoísta y vanidoso.

Una sonrisa feliz. Sabes que siempre fui sincero. Que la vida es un circo, y al cerrar la puerta, todas las vedettes hacen muecas ante el espejo. Los animales defecan en un rincón y ya no prueban de arrancar la cadenita que les ata; antaño no pudieron liberarse y ya han perdido la fe en los intentos. Siempre quedan luces encendidas

Leo Bennacker

Poemita prosaico y autobiográfico

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