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Posts Tagged ‘confesiones’


Los textos que escribo, los libros que leo, las películas que veo, la gente con la que me cruzo. Todo es vacío para mí.

A mi no me gusta conocer gente. No me gusta la gente. Soy antisocial. Creo que preferiría ser conocido. Mejor dicho, que mi obra fuera conocida. Porque no soy otra cosa que mi obra. Es lo que hay, soy lo que escribo. Y nada más.

Intenta darme una prueba de lo contrario, si puedes.

Yo estoy solo. No porque quiera, pues quisiera todo lo contrario -uno siempre desea lo que no puede tener-. Yo estoy solo porque me alejo de la gente. El 99,99% de las personas con las que he topado me incomodan; siento que me hacen perder el tiempo y no me aportan nada. Me distraen durante un rato, pero enseguida me hastío. Para estar a disgusto, no estoy.

Y no estoy nunca, ¿verdad?

Tampoco tengo amistades. Y si resulta que tengo, no quiero traicionarlas afirmando que lo son.

No suelo dar portazos, si te apetece acercarte, me encontrarás con los brazos abiertos; también lo estarán cuando decidas irte. No intentaré seguir a ningún conejo con chistera. La gente va y viene, mientras la vida se agota. Y la mía se agota más deprisa que la de los demás porque no hago nada con ella.

Dijo Marguerite Duras: “Mi vida empezó demasiado pronto a ser demasiado tarde”.

Ya está dicho, pues.

No existo sino escribo, y escribo por necesidad. Igual que respiro. Intentar no hacerlo supone grandes esfuerzos y dolorosas consecuencias.

Quiero que me lean.

No que finjan leerme para intentar conocerme. Creen que hay un misterio donde no lo hay, buscan cruzar mis textos para llegar a mí. Pero cuando cruzas mis textos, al otro lado, no hay nada. No hay un mago detrás de las cortinas, sólo hay la cortina roja sangre en una habitación de atmósfera asfixiante. Y un enano que habla al revés.

Las palabras solo son combinaciones de letras. En una cucharada de sopa de letras leo amor, y leo asco, y leo kxjw, que como tantas otras combinaciones de letras, no significan nada.

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Hoy, sacando el cristal del portarretratos para razones que ahora no viene al caso, ha caído de atrás, una fotografía que no recordaba de su existencia. Una fotografía mía, una fotografía de la comunión.

Eso no tendría más qué, si en mi mundo no hubiese prácticamente fotos mías. Ni tengo, ni me hago, ni quiero aparecer en ellas. Es demasiado doloroso.

En la susodicha foto hay un criado que no conozco. Escuálido con ropa fea y ancha que nunca más se volvió a poner; ojos enormes sin gafas, y cejas que casi rozan el flequillo de un peinado casco sin patillas. Tiene un rostro pálido, lampiño, limpio. Lo veo triste. Ojos apagados, grandes, oscuros, dolientes. La ceguera ya había empezado pero yo aún no lo había querido reconocer.

El de esa foto no soy yo. Ese niño ya no existe. Quizás nunca existió, pero está ahí, en la foto, como un fantasma. Como el hermano pequeño muerto. Ese del que no se debe hablar.

Ha sido una experiencia dolorosa.

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La verdad de mi vida humana

Hasta ahora habías circulado por las vías sin fijarte demasiado en el paisaje, ni en el nombre de lo que ibas dejando atrás. Eras un ser humano, uno de esos microbios que abundan el planeta, sin nada en particular visto desde lejos. Si había que ir, ibas. Si tenías que hacer, hacías. Si había que creer, creías.

Veinte años ya son algunos años; aunque los primeros siempre parecen menos.

Tu ignorancia te aportaba seguridad. Una oveja en clase, mediocre y discreto. Poco que decir en las observaciones. Familia y hogar. Juegos y amigos. Novietas y estudios. Tan tediosa era tu vida, como lo era la de mil más de tus conciudadanos. Y todo ello siendo único, especial e irrepetible. Pero esos adjetivos, aplicados también a los demás, quitan el brillo que de entrada tenían.

Y de repente, una sombra de duda. Una curiosidad y una buena biblioteca. Delante de un estante repleto de libros que no lograrás acabar jamás, empezaste a darte cuenta de que el mundo ya había sido vivido, escrito, analizado, amado y sufrido.

Que la gente va y viene: te ama para siempre y desaparece sin dejar rastro de repente. Que todos van muriendo, y no siempre los ancianos van a la fosa primero. Que todo renace y es nuevo, siendo otra vez lo mismo. Que lo justo no siempre es bueno, y que lo malo siempre puede ser peor. Que la verdad es poderosamente dolorosa y que la lucidez no ha hecho feliz a nadie. Extrañas reflexiones.

Dudas y preguntas. Hasta descorrer la cortina y contemplar el abismo del descarrilamiento. Que no eres nada, y no lo serás. Que se vive de ilusiones y sueños, pero se ha de tragar comida y copular con cuerpos. Que la soledad y el silencio hacen daño que no se cura con reposo y medicinas. Que no existe tu destino, ni ningún Dios superior. Que naces de carambola y mueres porque todo perece. Y que la vida, la única, especial e irrepetible, no tiene objetivo alguno. No hay nada de lo que te han enseñado que hay que hacer, que realmente haya que hacerlo para “vivir”.

¿Entonces qué?

Entonces nada.

Y es en este vacío, en este caos, donde todo es frágil y se lucha con egoísmo por la supervivencia en que debes vivir. Y ahora que lo ves, ahora que la venda se te ha caído de los ojos, esa misma lucidez te tortura. Y anhelas el pasado, un tiempo reinventado a mejor, y echas de menos los que se fueron y los que ya no pueden volver. Como te echaran de menos a ti también, un breve periodo de tiempo mullido, cuando te vayas para no volver. Y ese día no llegará en sí mismo, sino que, en parte, ya te estás yendo ahora. Poco a poco, ¿verdad?

Leo Bennacker

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El viento sopla como si quisiera llevarse el mal del mundo. Brel pide que no le dejes. Y yo, yo noto pesadas las flexiones. Los primeros ocho textos para LOS 400 GOLPES han surgido en 10 días (domingos, descanso). ¿Eso es un logro?
Hay uno que me gusta especialmente: “Carta de un asesino feliz“.Nadie me obliga a seguir las palabras del juego de Cuentanet, y menos cuando son palabras propuestas hace…¡2 años! Pero… Si alguien ve la serie MONK, recordará que Adrien Monk necesita tocar todos los postes del camino para avanzar.

Las palabras de la novena semana del juego, ya las usé. Fue durante el verano del 2005. Había empezado a publicar allí AZPring o el abecedario; y el foro era un juego y a la vez una forma de llamar la atención y atraer lectores hasta mi “rincón”.

Usaré los textos de entonces. No puedo colgarlos sin más, siento la necesidad de revisarlos. ¿Por qué este perfeccionismo enfermizo? Es mucho más fácil escribir de cero que revisar,…

Llevo 2 semanas con el Fanfic de los nibelungos encima de la mesa. Lo escribí para el fotolog el verano paso, paso sin pena ni gloria. La subiré aquí, en FICCIONES. Revisado antes, claro. Terrible es revisar.

Rescribir no es volver a escribir, sino volver a pensar.

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Mañana es ese día que tiene que venir y que esperas.

Ese día en que todo empezará de cero.

El día del arranque de las oportunidades.

El día del primer peldaño de los sueños.

El día en que la esperanza se empieza a palpar de realidad.

Mañana es ese día.

Sin saber muy bien cómo, ni tampoco cuando, se convierte en hoy. Se ensucia de presente, y debe ser sacrificado, y todo lo que esperabas, se debe trasladar a mañana, al siguiente.

Cae al suelo sucio, y hay que desecharlo también. El siguiente, dices.

A la basura. Otro.

Otro.

Ha pasado una semana. ¿Dónde estabas hoy hace una semana?

Si no lo puedes recordar, ¿cómo recordarás el mes? Y luego, se agrupan doce, y toca cambiar el calendario de la pared. Ese paisaje muerto que para ti jamás ha sido real del todo.

Cinco, diez, quince años, y ya conoces los nombres más divertidos del cementerio.

“Dolores Fuertes Barriga”

“Vanesa Delano Ancho”

Y unos cuantos más, con rostros grave y fríos como de esperar, aún, alguna cosa. De repente estás rodeado de gente muerta, y te tiemblan las manos. Ya no bajas los adornos de navidad de lo alto del armario, ni barres bajo la cama.

Y mañana, dices.

Mañana…

Lo único que hay para mañana es la muerte. Hasta entonces, sin pasado y sin futuro, tan sólo un presente continúo que se va desintegrando bajo los pies y te obliga a seguir, aunque no quieras.

La vida empuja.

La vida siempre empuja.

Leo Bennacker

No hay mañana

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Hoy he salido de casa a las 14:40. Tenía cita a las 15:00 en el taller mecánico; bueno, yo no, el coche. Nada grave, rutina kilométrica. Había pedido hora por la mañana. He llamado dando mi nombre oficial. Me suena extraño cuando me oigo decirlo. Me molesta, es cierto.

A las 15:00 en punto se ha levantado la puerta. Yo estaba allí, apoyando contra el coche, con un libro en las manos. Me ha dicho que ya podía entrarlo. Le he pedido al empleado que lo hiciera él. Tengo pánico al ridículo. A ese ridículo de “virilidad” como no saber entrar un coche en un taller en cuyo suelo hay una zanja de metro y medio en la que si metes el coche ya no lo sacas.

Mientras trabajaba, me he quedado fuera como un padre fumador en la sala de espera de los partos. Leía, o interpretaba el papel de Jess (Gilmore girls…) leyendo. Me atrae ese personaje, quizás ahora más que antes, cuando la comparación con el Peter de HÉROES es inevitable. He releído dos veces la misma página hasta que me he metido en serio en la narración. Estoy leyendo Hammett, “El halcón maltés”. Leo a Sam Spade y veo a Bogart.

También he pedido que lo sacaran. Lo ha hecho. Lo ha dejado arrancado y medio subido sobre la acera. Así, de cualquier viril manera. Me ha dicho que ya estaba. He pensado en encajarle virilmente la mano, pero no ha surgido la oportunidad.

He dado una pequeña vuelta hasta dar con una plaza de aparcamiento a la sombra. He salido con el libro y me he ido a un banco también a la sombra, en un parque infantil vacío. He leído dos capítulos más. Tres en toda la tarde. A las 16:30 tenía que ir a buscar las notas.

A las 16:00 me he levantado del banco y me he metido en el coche. He hecho varías vueltas hasta la biblioteca. He aparcado delante, al sol. 10 minutos, me he dicho. Me he llevado en préstamo los siguientes dvd’s:

  • El sueño eterno” con Bogart y Lauren Bacall
  • Inocencia y juventud” un Hitchcock que empezaba
  • Qué verde era mi valle” película de Ford que FRASIER alquila un día que va al videoclub
  • El gran dictador”, una edición especial (2 dvds) con contenido extra y documentales.

Todo ello se suma a lo que me llevé el pasado lunes de la biblioteca de Malgrat:

  • Matar a un ruiseñor” con Gregory Peck
  • Arsénico por compasión” Cary Grant recomendado por mi bibliotecaria favorita.
  • La gata sobre el tejado de zinc” [caliente] con Paul Newman y Liz Taylor
  • Y “Cayo Largo” Bogart, Bacall y Edward G. Robinson.

He salido a las 16:24.

He llegado al instituto a las 16:36.

Dos compañeros de clase ya estaban ahí, a juzgar por sus vehículos aparcados. He subido arrastrando los pies por unas escaleras sucias y con restos de comida “pica-pica”. Estaban todos en el departamento. He saludo en general y sin mirar a nadie. Me han dado la hoja con las notas. Las he mirado pero no las he visto. El mejor profesor que he tenido en toda mi vida se ha percatado delante de mí que ha habido un descuido con las asignaturas que ya tenía convalidadas, pues las notas ahí no aparecen. Me ha dicho que tengo que volver el lunes, por la mañana, a secretaria. Aún así la tutora me ha firmado la hoja. ¿Por qué las ha firmado delante de mí? ¿Acaso creía que iba a pensar que usa una máquina para firmar autógrafos como Geena Davis en SRA PRESIDENTA?

Me he situado en un rincón, con la espalda pegada a un armario, procurando pasar desapercibido. No sabía muy bien qué demonios hacía yo allí. 3 de los 4 profesores se han acercado para hacerme notar que he aprobado el CRESI (el proyecto final), he vuelto a mirar la hoja por respeto y me he fijado en la penosa nota. Una de esas hipocresías finales, puntuada alta adrede para que no destaque con las otras notas (altas: 7,8,9). Me ha parecido penoso. Pero ellos esperaban algún tipo de reacción favorable. Como una tía lejana que trae un regalo un sobrino que apenas conoce. He intentado una tímida sonrisa, pero creo que sólo me ha salido una mueca de asco. “¿A qué es mejor ahora que te lo has sacado de encima?” me ha preguntado mi tutora del proyecto, morena de solarium, con una pulsera en el tobillo, y un piercing discreto en la nariz.

No sentía ninguna satisfacción.

Y haber aprobado tampoco ha sido ninguna sorpresa. Esperaba un 5, un 6 me hubiera parecido ya patético por su parte, pero la nota que me han puesto es aún más alta. Lo dicho, para que no destaque, se ha equiparado a la media.

He dicho que sí, para que se relajaran. “Qué bonito jersey que me has traído, tía Enriqueta”.

Me han preguntado qué haría ahora.

Como si tuviera alguna idea de algo.

Como si hubiera alguna seguridad que al salir de allí, o mañana, no iba a tirarme por el puente.

El “no lo sé” me ha salido sólo. Mientras, pensaba que quería irme de allí. No estaba a disgusto, ni molesto, pero aquello me aburría. Han transcurrido varios minutos en que los han dedicado a mis compañeros. A los que yo veía lejanos, como si me hubiese equivocado de clase, y sólo compartiéramos profesores. Ha llegado el último compañero. He mirado el reloj. Qué sopor. Aún han pasado varios minutos. Largos y aburridos. Yo miraba la puerta y el pasillo y no hablaba con nadie. ¿Acaso tenía algo que decir? Estábamos todos allí, en un peculiar circulo humano de buenas caras y charlas banales, en un departamento de informática. El cubo de basura estaba lleno, y lo que no cabía, papeles y cartones, se había embutido en una caja cercana. Al final, un profesor ha propuesto ir a tomar un café. “Si ¿no?”, han dicho. Hemos ido saliendo. Miruru que bajaba detrás de mí, me hablaba. No a mí, es decir, no me decía nada concreto ni particular a mí, sino que hablando en voz alta buscaba mi complicidad. No he sabido que decir. Sólo aquella sensación de vacío, de estar donde no debía. Al salir, se ha acercado hasta su coche para dejar unos libros, yo me he dirigido al mío.

-¿Te vas?

-Sí.

Y me he ido.

“A la francesa” como dicen en Tintín. Sin despedidas, sin saludos, sin encajadas, sin buenos deseos, sin agradecimientos,… Antes era capaz de estas cosas. Ahora ya no.

Al llegar a casa, he merendado algo. Mi madre ha adivinado que había ido a buscar las notas. Por mi aspecto ha pensado que no han ido bien. He tenido que decir que no, que bien, que como siempre. Pero hasta que no las vea, no estará tranquila, pero tampoco me las pedirá jamás.

Ella quería ir a comprar con mi padre, pero antes, estaba viendo el final de una telenovela. Me he quedado con ella en el sofá. Aparecía una chica llamada Iluminada que charlaba con una señora a la que llamaba Doña Perfecta, y ese parecía ser su nombre real. He recordado mi llamada al taller, dando mi nombre:

-Iluminado Perfecto.

Cuando se ha ido, antes que se hubiera acabo la novela, porque mi madre es una mártir y se autosacrifica siempre, incluso cuando no hace falta. Mi padre no tenía prisa alguna, hubiera podido acabar de ver la telenovela en paz. Pero no, ella es así. Y qué yo se la grabase, “ni hablar”. Como si lo suyo no fuera “digno” de ser grabado. Cuando se ha ido, he dejado que terminase la novela, y he visto el final de “La noche de los muertos vivientes”. Me ha gustado el final. Es lo mejor del film, que por otra parte parece un especial de “Bricomanía” en blanco y negro (ya que se pasan la película clavando tablones en las puertas y ventanas y moviendo y desmontando muebles). Me ha gustado más que “La matanza de Texas”, aunque no sé cual de las dos me parece más mala, quizás la matanza, porque encima es machista. De los muertos vivientes también me gusta que el último que queda vivo sea el hombre negro. La película es del 1968, y ayer vi “Matar un ruiseñor” que es del 1962 (aunque se sitúa antes) donde el hombre negro es juzgado y sentenciado por una localidad donde imperan códigos racistas.

Al acabar, he fichado la peli en mi libreta de pelis vistas. Es la número 45 del año, y la que hace el número 1.040 desde que empecé a anotar películas, el día de año nuevo del 2000.

Luego he puesto música de Jacques Brel y he escrito el primer texto de 400 palabras para el blog “Los 400 golpes” que he creado en GrupoBuho. Nadie comprobará nunca que sean, realmente, 400 palabras y ni una más. Pero he retocado el texto hasta dejarlo en 400 palabras exactas.

Leo Benacker

15/6/2007

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A veces deambulo sin sentido por todo aquello que he sido y por lo que nunca llegaré a ser. Y me digo: deprisa, deprisa; porque todo parece que me empuja, y sin saber a hacía donde, doy vueltas sin parar, y pienso, demasiado.

Me ahogo con la incertidumbre y me acuchilla el miedo atroz. Como si un monstruo me tuviera en su boca y me masticara. Doy vueltas, me empapo, me siento sucio, pero no me traga, y no me digiere.

Una de aquellas torturas mitológicas ante la cual cierro las lecturas, y me recuerdo infante de mi reino, arrodillado rezando.

Y se enciende un fuego latente de odio y rencor. No quemo jamás nada, pero me voy extinguiendo un poquito, un poquito más.

A veces deambulo con demasiada lucidez por mi existencia pretérita, y aquello que encuentro, esa ciudad de recuerdos mohosos, de lugares devastados, de cadáveres abandonados y putrefactos, son bien míos. Toda la posguerra me pertenece. Ha empezado el racionamiento de sueños. Tiempos grises y rejas fuertes. Hasta olvidar el color de los bosques, y las formas de las nubes. Hasta creer que siempre ha existido este dolor, y que jamás desaparecerá.

Soy hijo de la ira; soy miedo puro, inestable y frágil.

Un leve temblor de manos, un titubeo en los labios pálidos, una ceguera permanente, una sordera voluntaria. Una mente atrofiada. Si suena la campana, salgo a escena, y finjo ser el loco alucinado. Algunos humanos me aplauden; son sólo los que saben de su sufrimiento. Los que desconocen su fin, no lo entienden, y me dan consejos que no saben que están vacíos. Pobrecillos, pobrecito.

Soy hijo de la mentira; soy engaño puro, egoísta y vanidoso.

Una sonrisa feliz. Sabes que siempre fui sincero. Que la vida es un circo, y al cerrar la puerta, todas las vedettes hacen muecas ante el espejo. Los animales defecan en un rincón y ya no prueban de arrancar la cadenita que les ata; antaño no pudieron liberarse y ya han perdido la fe en los intentos. Siempre quedan luces encendidas

Leo Bennacker

Poemita prosaico y autobiográfico

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