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Archive for 29 septiembre 2007

“Venga Bart date prisa, nos vamos al cine, tu madre nos lleva ver una película del sueco ese de los siete sellos” Homer Simpson.

Esta cita pertenece al segundo episodio de la primera temporada de Los Simpsons (Bart, el genio). Debió de ser ésta la primera vez que tuve conocimiento de Ingmar Bergman. Claro esta que en su día no entendí el chiste.

Supe de él por otros. Lejano, difuso, hermético, Bergman era un GRAN director sueco, cuyas películas nunca se emitían por televisión. Lo primero que pensé, fue que debía tener algún parentesco genial con Ingrid Bergman (sueca, actriz); resultó que no. Woody Allen parecía admirarle mucho, y los humeantes tertulianos de José Luis Garci en Qué grande es el cine hacia mención a él a menudo. Parecía una figura intocable, perfecta y casi irreal.

No vi una película de Bergman hasta el verano del 2005, durante un breve ciclo que hizo La2 de TVE. La primera fue El séptimo sello.

No me gustó.

Tampoco la entendí (creo que casi nunca he entendido una obra escrita o filmada, y mucho menos pintada o compuesta).

En El séptimo sello, descubrí escenas que “otros” a posteriori habían copiado. Me impactó ver a Max von Sydow, a quien conocía de mediocres películas americanas, asumiendo el reto de un protagonismo tan aislado. Su confesión, en la película, con la Muerte, me resultó inquietante, más que la partida de ajedrez. Tuve la impresión que nadie más mostraba gente angustiada por aquellos temas, y de un modo serio y frío. Eso me hizo pensar en unas palabras de Isabel Coixet, que dijo algo cómo “de joven iba al cine a ver Bergman, y salía con ganas de suicidarme”.

La ambientación de la historia, ayudó a formar en mí la estampa de algo antiquísimo. Tanto, que cuando después me enteré que Ingmar Bergman aún estaba vivo, le atribuí unos mil años.

Fresas salvajes, me encantó. Ahí ya hubiese firmado “Bergman qué gran talento”. Le siguieron El rostro y Como en un espejo, entonces ya las contemplaba con interés, consciente que me perdía la mitad de lo que pretendían mostrar, pero siempre fascinado por alguna cosa. Había diálogos de una crueldad tan sincera que tan sólo podían ser sinceros pensamientos. Cosas que uno piensa –secretamente-, pero que no osa decir. Aquellos personajes, a veces perdidos y descorazonados, emitían palabras de una contundencia tan impactante, que si se hubieran disparado no se hubiera hecho más daño.

Por aquél entonces ya había visto dos de las obras de Allen más cercanas a Bergman: Setiembre y Interiores me parecía que “el alumno” había llegado a limar, y a hacer más digerible, algunas de las mismas ansias y angustias del maestro.

Hasta que el 6 de agosto de ese 2005, topé con Secretos de un matrimonio.

Esa… esa cosa, estaba por encima de la ridícula etiqueta de “película”, por encima de la definición de “obra maestra”. Aquello iba mucho más allá de cualquier cosa que este humilde idiota hubiera podido ver e imaginar jamás. La vida, la vida de una pareja de seres humanos, con todas sus contradicciones, auges y caídas, están ahí, expuestas.

¿Cómo un tipo puede sentarse y escribir algo así?

¿Y cómo puede, luego, manipular un equipo de gente, actores y técnicos, para representar aquello?

¿Cómo?

Al acabar de verla, tuve la sensación que ya podía morirme. Que nada podría superar aquello (a día de hoy, aún no he visto nada que lo supere).

Ingmar Bergman acababa de destrozar cualquier ranking de películas, directores y análisis del ser humano que hubiese podido hacer. Se había salido. Era otra cosa.

Bergman era Dios.

Ingmar Bergman

Acabo de terminar la lectura de sus memorias, escritas en 1986, LINTERNA MAGICA, un irregular libro, en cuyas páginas leeremos mucho de lo que ya hemos visto en sus películas (él mismo, remite peleas matrimoniales a escenas de sus películas). Un libro en el que he descubierto que, al igual que el Homer “inventor” estaba fascinado por Edison, y Edison por Davinci, Bergman lo estuvo, desde sus lecturas adolescentes hasta el final por el dramaturgo Strindberg. Un libro de memorias de un tipo egocéntrico, tiránico con “sus familias”, y aquejado de eternas dolencias psicosomáticas –retortijones intestinales y vomitonas a destiempo-. Un libro que me ha humanizado, hasta extremos vulgares a esa figura, casi divinizada, que usó, y rehusó, su vida para su arte. Un libro que no es el libro de un cineasta, sino el libro de un ser que amó profundamente… ¡el teatro!

A Bergman la cultura, la lectura, se le nota en su trabajo, enumera sus lecturas adolescentes: Dostoievski, Tolstoi, Balzac, Defoe, Swiff, Flaubert, Nietzche y siempre Strinberg. Y añade, reconociendo que “a menudo no entendía nada”.

Un par de pasajes del libro:

si por un momento levantase la máscara y dijese lo que realmente pienso, mis compañeros de trabajo se volverían contra mí, me harían pedazos y me tirarían por la ventana […] A pesar de la máscara no estoy disfrazado. Es un filtro. No debe dejar pasar nada de la esfera privada que no venga a cuento.

“Me lanzo contra los demonios con un método que me ha funcionado en crisis anteriores: divido el día y la noche en unidades de tiempo determinadas y lleno cada una de ellas con una actividad o un momento de descanso establecido de antemano. Sólo cumpliendo implacablemente mi programa, día y noche, puedo defender mi cerebro de unos dolores tan violentos que llegan a ser interesantes. En pocas palabras, recobro la costumbre de planificar minuciosamente mi vida y ponerla en escena.”

Y unas citas que describen un carácter:

“Mostrar las calamidades privadas en el trabajo es una falta profesional grave.”

“La posibilidad de abandonar un proyecto ha de dar coraje para continuarlo.”

“Paciencia y buen humor, reír en lugar de reñir.”

“Sólo el que está bien preparado tiene la posibilidad de improvisar”

“Empezaba a oscurecer sin que yo viese la oscuridad.”

“El miedo realiza lo temido”

Y un destello de humor en el hospital:

“Una tarde le pregunto al amable médico si alguna vez en su vida ha curado a una sola persona. Reflexiona circunspecto y me contesta: “Curar es una palabra muy seria”, después mueve la cabeza y me sonríe para animarme”.

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Mon amour, mon ami

Mon amour, mon ami

(8 Mujeres / 8 femmes) François Ozon

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Apreciados viajer@s:


Xavier de Maistre escribió en 1790 Viaje alrededor de mi cuarto
Y en 1798 Expedición nocturna alrededor de mi cuarto.

Xavier de Maistre

Ataviado con un pijama, este buen hombre exploraba su habitación, y narraba en sus libros las particularidades de la butaca, o de su cama.

Puede parece una idiotez.
Pero la suya es una invitación a mirar un lugar como si nunca antes hubiéramos estado allí. No sólo nuestro cuarto, también nuestro barrio o nuestra ciudad. Si nos fijamos, descubriremos decenas de detalles en lo que nunca antes habíamos reparado.

Podemos concluir que lo importante de un viaje no es lo lejos que vas, ni siquiera la compañía, sino la disposición con la que se afronta.

Yo, que al igual que Nietzsche, no salgo demasiado de mi cuarto, espero tener algún día la disposición (y el tiempo) necesarios para afrontar mi propio viaje alrededor de mi cuarto.

Más sobre Xavier de Maestre, y los viajes en:
El arte de viajar de Alain de Botton.

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Cuando uno piensa en filósofos quizás le vengan a la mente aquellos barbudos griegos con túnicas, paseando ociosamente por la imaginaria Atenas. Gente muy sabia, pero muy lejana, a los que una voz interna nos invita a leer, pero que nos da pereza y lo vamos dejando. O al menos a mí sí.

Hace ya algunos veranos topé con un pequeño y minoritario programa de televisión: El Consuelo de la Filosofía. Apareció ante mí, un inglés de biblioteca: pálido, menudo, discreto, manos a la espalda, hombros hacia delante, que resultó ser, no sólo el conductor visible del programa, sino el autor detrás del libro en el que se basaba. Era Alain de Botton.

Alain de Botton

  • El placer de sufrir (1996)
  • Del Amor (1998)
  • Cómo cambiar tu vida con Proust (1998)
  • Beso a ciegas (1999)
  • Las consolaciones de la filosofía (2001)
  • El arte de viajar (2002)

Algunos de estos libros han sido trasladados a la televisión, y aunque en alguna entrevista el autor procura alejarse de su faceta televisiva (rodar esos programas le entretiene pero le aporta poco, dice), yo lo descubrí en la pequeña pantalla. Y fue, en cierto modo, el primer filósofo al que vi…moverse.

En alguna tertulia televisiva ha aparecido el rótulo “filósofo” bajo algún tipo, pero mi recelo a los tertulianos (gente que habla de todo, cambia de opinión según les dé el aire, y todo ello mientras zampan bollos y toman café) hizo que nunca me los tome muy en serio.

Alain de Botton, en la tele, y también sus libros, no impone ninguna opinión, invita a la reflexión. Y lo hace partiendo de aspectos cuotidianos y endulzando (y enriqueciendo) sus páginas con citas o reflexiones de grandes (y menudos) nombres de la filosofía. Consigue no ser pedante, sino mostrarse con humildad y añadir un punto de sonrisa. Alain es un tipo leído, y no te lo restriega, sino que te acerca sus impresiones y las comparte contigo.

Os lo recomiendo fervientemente.

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Aunque escribo para mí, pues soy el único que sé que me lee, el único que me analiza y me valora, el único que siempre me propone mejoras, sin esperar nada a cambio, aunque escriba para mí, decía, hay un océano de necesidad ajena que me palpita.

Si no recibo comentarios, ni reacciones, de la gente que me importa o de los desconocidos, me quejo.

Si el comentario es “escribes muy bien”, me quejo.

Si alguien toma tiempo y molestia en reflexionar sobre algo mío, me agrada un instante, y luego, fugaz, pienso: “bueno, pero he escrito más cosas”. Y deseo fervientemente que también explore esos textos.

Creo que hay en mí una necesidad de reconocimiento de mis “obras”, de mis “porquerías”. Para que luego pueda usarlo como bandera contra mi pasado, y contra ellos y decir, con sorna: ¿veis? ¿Veis como tenía razón?

Y haber logrado así, con ese reconocimiento, cierta meta final a una existencia pueril y dolorosa. Encontrar, al final, una razón luminosa para tragarme toda esta oscuridad.

Creo que mi única “obra”, la única que haré en la vida, es “toda la obra”. No es que escriba una y otra vez lo mismo, sobre lo mismo (que lo hago); es que todo son pequeñas piezas de una única cosa. Obviamente yo, ¿no?

Entonces, quizás, no tenga nada que ver con la “escritura”, sino conmigo.

No escribo para “escribir”, sino para exponer lo que soy, con la esperanza ciega, de encontrar a alguien que lo entienda, que lo comprenda, y dejar de estar solo.

Lo que escribo no es fácil, dicen.

No escribo para entretener a nadie, no te cuento una historia. No sé nada de personajes, ni escenarios, ni diálogos, ni técnicas narrativas. No se nada de “escribir”, en realidad.

Escribo por necesidad.

La mayoría de veces, escribir es mi forma de hacer daño. De escupir veneno. No son tintes mesiánicos revolucionarios, no es “despertar al borrego”, sino que todo es mucho más sucio y egoísta, arrastrar al lector a mi pozo.

Es decir, dejar de estar solo (otra vez).

Debe ser esto, pues.

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Marilyn Manson

MarilynManson

Al César lo que es del César…

Ningún otro artista contemporáneo me ha sido tan útil, tan influyente, tan salvador de mi miserable vida, como Marilyn Manson.

Me enseñó a hablar.

Del dolor, del sufrimiento, del odio, de la corrupción, del daño, de las heridas, de Dios,…del suicidio.

No tengo fotos suyas en las paredes,

ni me pongo sus camisetas,

ni voy a sus conciertos,

ni siquiera me compro sus discos,

no soy, ni pretendo ser, un fan.

Es un respeto por encima del merchandaising y los productos.

Es respeto a su capacidad creativa, a su arte.

Es algo íntimo, entre él y yo

(Aunque él no lo sepa, ni tenga porqué)

Y al Reverendo lo que es del Reverendo.

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Ayer mi mascota perruna me mordió.

Según Steve Irvin (El cazador de cocodrilos) un animal sólo te ataca si haces algo que no debes con, o cerca, de él. Un perro no es un cocodrilo ni un arbusto con pinchos, así que estar sentado a la sombra en el patio acariciando su lomo no me pareció peligroso.

A Fuica (que así llamó yo a la chica) se le forman unos lagrimones bajo los ojos, y me pareció oportuno, mientras acariciaba su barbilla, quitárselos con un simple desliz del pulgar (maniobra que he realizado en otras muchas ocasiones). No mostró en ningún momento arrugamiento del morro, gruñidos graves, ni exhibición de dientes (de haber sido así, hubiese quitado las manos con delicadeza), sino que en un movimiento tan veloz que ni vi, me hincó el diente.

Esta fue la tercera vez en unos 6 años que me muerde, hasta ahora el incidente no había ido más allá de un leve desgarramiento de la piel de algún dedo. Algo que con una tirita y unos días, dejaban el dedo como nuevo. Pero la muyjodia, me pillo la uña del pulgar izquierdo.

Ver sangrar una uña es alarmante, uno ve y nota como la sangre no sólo fluye hacia fuera, sino hacia dentro, y se acumula bajo la uña.

(No me recrearé en detalles porque hablamos de MÍ uña)

Hace muchos años me pille el dedo, ese mismo, con la puerta del coche. Fue, que yo pueda recordar, mucho más lagrimoso y doloroso que el incidente de ayer. No recuerdo el aspecto de la uña, sólo los llantos. Cuando uno es pequeño, e inocente, simplemente llora. Cuando uno se hace mayor, quizás ya no llora por ver su propia sangre, pero se angustia mucho más. Y ser un aprensivo hipocondríaco fan de Monk y de Woody Allen, no ayuda.

Tampoco ayuda haber visto el making off del documental LOS MISTERIOS DEL NILO, de Jordi Llompart, donde un portador se le atrofia un dedo, y el jefe de la expedición, un Indina Jones con pinta de Eduald Carbonell, le recomienda correr al médico y “deshacerse de él, antes que perder toda la mano”.

Tal pensamiento me hizo rememorar una de las frases inmortales de la historia de la tele, cuando T-Bag se planta ante el veterinario y dice: “La mano…se está muriendo

Esto, en la soledad de mi ser, no tiene nada de chistoso ni de ingenioso, al contrario, es un dramatismo esperpéntico. Desde siempre, cualquier rasguño, corte o herida en las manos o en los dedos me aterra hasta niveles de preferir el suicido.

Obviamente ayer por la tarde fui incapaz de usar la mano. Creía sentir como la sangre se acumulaba en el dedo y me veía en una consulta donde un médico de urgencias (ninguno de la tele, porque por razones obvias no veo series de médicos) hacía un leve –pero doloroso- corte ¡en la uña! para que la sangre acumulada pudiera salir. Y yo me desmayaba (pero eso no lo escribiré, porque pareceré un nenaza… ¡ouc!).

Por la noche el dolor había menguado, pero seguía notando el dedo embutido. En el MSN, Alhy, me hablo de gangrena y amputaciones. ¬¬ gracias, maja.

Lo único que me animé un poco fue un episodio de Rescue Me (serie de la que hablaré pronto), y en especial su opening, que me tiene completamente enamorado, os lo dejo aquí:

http://www.youtube.com/watch?v=qEDhE00oGAY

Esta noche he tenido una pesadilla relacionada con el dedo. Me llegaba la factura del hospital (¿?). Era una hoja de fondo azul cielo, con cabecera verde claro y blanco. El total del coste ascendía a 404,48€ y esto me ha aterrado más aún que el dolor del dedo, lo cual debe indicar que ya me encuentro mejor.

Leo Bennacker

Mordiscos & Dolor

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