“Ah, Harry, no sé…Parece que todo te pasa a ti, ¿verdad?”
Harry Potter y el cáliz de fuego es un libraco. Un ladrillo de más de 600 páginas, que compila en su haber decenas de pequeñas referencias a personas, lugares, pócimas, animales o cosas de los tres libros precedentes. Es, en parte, un resumen de todo lo visto, y un salto hacia delante, un punto de inflexión: el héroe se nos hace mayor.
En la primera parte, tiene ataques de grosería verbal, y cabreos adolescentes, que le llevan a refunfuñar y a alejarse de su amigo Ron. Y luego está Cho. (A Cho ya se la intuye ya en el prisionero de Azkaban). No existe en realidad, una primera parte como tal, pero yo la identifico en, aproximadamente, las primeras 300 páginas.
Y si Harry se hace mayor, también el libro. Muertes, mutilaciones,… Por primera vez vemos la muerte de “un bueno” en directo. Rápida e indolora, pero una muerte es siempre una muerte.
Harry Potter y el cáliz de fuego empieza diferente de todos sus predecesores. Empieza ni más ni menos con Lord Voldemort.
“Lord Voldemort había vuelto.”
Ese sofá orejudo, esa chimenea, es cuerpo sin cuerpo, a mí no me hace pensar en el maravilloso doctor Gang de la organización MAD de la serie de dibujos animados El Inspector Gadget. Aquí en lugar de MadGato, hay un… ratón.
Aunque Harry no parece nada satisfecho con la clase de Adivinación hay que reconocerle que tiene dotes premonitorias, y sus sueños o visiones, ya forman parte de la narración del libro; su subconsciente también narra.
La primera parte es una gran aventura que abarca su salida de Privet Drive, su visita a la poblada casa de los Weasley, su visita a los Mundiales de quidditch, el susto que allí sucede, y su vuelta a las clases. En Hogwarts siguen las novedades con el Torneo de los 3 magos.
Esta primera parte entretiene y empieza a tejer una trama que –por el volumen del libro- uno intuye de catastróficas dimensiones. Debo reconocer que por primera vez en la saga, me perdí con un personaje, el tal Cedric Diggory, que aquí adquiere una importancia “in crescendo”. Según parece, Cedric ya salía en el prisionero de Azkaban, pero no me fijé.
En el cáliz de fuego la autora da mucha más importancia narrativa a los personajes secundarios, aunque sigue simplificando otros a tópicos, como son los matones de Draco (aquí hay mi queja más grande con este volumen: que los padres de Crabbe y Goyle vengan a ser lo mismo que sus hijos, me parece simplón. Y ya puestos también me quejo de la generalización de “maldad” que la autora siempre otorga a la casa Slytherin).
Lo que yo llamo la segunda parte, empieza con la primera prueba del Torneo de los 3 magos. Hago este “break”, debido a que esta segunda parte me la leí a tal velocidad que me obligaba a frenar y a digerir la historia. Y es difícil porque te sientes arrastrado a la resolución.
Hablemos del final. Con tres libros de la saga leídos -y todos con el mismo esquema acerca de “el malo”-, uno ya debería saber el truco de la autora, pero afirmo y reconozco mi desencajamiento de mandíbula por sorpresa. El giro siguiente –tras el giro de siete llaves-, no me causa tanta sorpresa como la confesión del “malo”. Aún con todo y pese a todo, Severus Snape, sigue siendo mi favorito.
Hacía el final, nos damos cuenta que el simpático y peculiar Albus Dumbledore, es un tipo a tener en cuenta. Y que Lord Voldemort, pues… no parece tan fuerte.
Y ahora dos reflexiones interesantes:
“Realmente, Hagrid, si lo que buscas es la aprobación de todo el mundo, me temo que te quedarás en esta cabaña durante mucho tiempo.” Albus Dumbldore
“Si quieres saber cómo es alguien, mira de qué manera trata a sus inferiores, no a sus iguales” Sirius Black.
Pese a las 600 páginas, uno sabe al final que la cosa no ha acabado así. Queda más por contar, así que tras una leve pausa para descansar, afrontaré Harry Potter y la orden del Fénix. Con la esperanza que aparezca y destacado un personaje que en el cáliz de fuego tan sólo se menciona su nombre, ¡pero qué nombre! Mundungus Fletcher.
¡Mundungus! XD






